Fernando Jauregui

La regeneración ha de empezar por abajo; por arriba, imposible

Siempre he tenido mucha fe en los ayuntamientos. Cierto que muchos de ellos han sido focos de corrupción, o sujetos pasivos de la misma. Cierto que se han acometido obras faraónicas perfectamente innecesarias. Cierto que algunos alcaldes se creían algo semejante a secretarios generales de las Naciones Unidas, y tanto como este personaje hacían: casi nada. Pero he recorrido varias veces España organizando actos universitarios y emprendedores en los que muchas veces figuraban los alcaldes y otras personalidades locales, y me he quedado con la sensación de que, en general, gracias a su cercanía a los ciudadanos, lo que les hace poder ‘tocar’ los problemas, los rectores municipales sentían las carencias políticas, económicas y sociales del país mucho más que los máximos dirigentes, alejados en sus sedes, en sus palacios de falsos mármoles, en sus comedores privados y recorriendo las calles a toda velocidad en el coche blindado, tintado, con chófer y con escolta. Ser visto ocasionalmente tomando una caña en un bar popular cercano a las Cortes no es más que un gesto. Un gesto que los alcaldes, que son el primer vecino, hacen con la naturalidad de quien piensa que eso, dar manos a los transeúntes, tomar un café en la barra de una cafetería, escuchar los problemas, forma parte no solo de su trabajo, sino de su vida cotidiana.

De boca de muchos alcaldes he escuchado soluciones políticas muy razonables para desbloquear problemas como la inserción de Cataluña en España, la reforma de la Administración o hasta el ‘lavado’ que le hace falta a la Constitución. Son personas que entienden la política como el arte de hacer cosas para el vecino, pero también como el arte de hacer cercana a la gente una legislación muchas veces incomprensible e inapropiada. Cierto es que bastantes se han equivocado bastantes veces, que ha habido prevaricaciones, estafas, apropiaciones indebidas, enchufismos. Pero todo esto no invalida lo que digo: el alcalde es una figura cada vez más importante a la hora de acometer la hercúlea tarea de regenerar España, de arreglar los líos territoriales y, en general, de modernizar el país. Por eso creo que es tan importante la labor que puede realizar, y no siempre ha realizado, la Federación Española de Municipios y Provincias, la FEMP. En las próximas horas, esta Federación cambiará a su presidente, Iñigo de la Serna, alcalde de Santander, del PP, por Abel Caballero, rector municipal de Vigo, del PSOE. Dos personajes políticamente muy interesantes, a mi juicio, y a ambos los conozco bien. Con ambos he hablado, como con otros muchos políticos, de esa regeneración de nuestra nación, que es, digan lo que digan los agoreros, una gran nación. Ambos son entusiastas del Cambio con mayúscula.

Creo que aún intentan algo parecido a la cuadratura del círculo: hacer una candidatura unitaria, tornando los cargos actuales, en la que Caballero presida y de la Serna actúe como vicepresidente, incluyendo a los alcaldes de otros partidos, con la excepción de Podemos, cuya representación municipal es, en todo caso, escasa: no cuenta con más allá de ochocientos votos en la FEMP -Ciudadanos no llega al centenar–, mientras que el PSOE tiene trece mil y el PP unos diez mil quinientos. Está claro, por tanto, que, con todas las alianzas que usted quiera, el poder municipal sigue siendo bipartidista.

Y ahí radica, precisamente, lo interesante del asunto. Una lista conjunta, suponiendo que se llegase a ella -la reforma municipal del PP separa a los dos principales partidos–, abriría el camino a posteriores acuerdos de mayor calado para gobernar la nación. A Pedro Sánchez le iba a ser difícil volver a repetir aquella cantinela de ‘no pactaré jamás ni con el PP ni con Bildu’, y podríamos pensar en prometedores pactos para tantas cosas que hay que solucionar tras el 20 de diciembre.

Por otro lado, el papel de la FEMP se revitaliza: la llegada a España de miles de refugiados e inmigrantes habrá de ser organizada sobre el terreno por los ayuntamientos, aunque la coordinación provenga de la Comunidad Autónoma y, en última instancia, del Gobierno central. Incluso por eso, porque hay que acometer nuevas formas de actividad social, entiendo que es precisa una Federación municipal eficaz, operativa y en la que no haya peleas intestinas. Quedan horas para saber si esta ‘candidatura conjunta’, en la que participen las fuerzas municipales más importantes, será posible. Y la cosa tendrá mucha mayor importancia de lo que parece o de la que quieran darle las vacas sagradas de la política nacional. Este mismo fin de semana sabremos si ese gran pacto municipal ha sido posible o si de nuevo se ha hecho una política partidista, chata de miras, en este país nuestro.

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