Pedro Calvo Hernando

¿Nos lo preguntarían a todos?

O sea que sí, como dicen las encuestas, el domingo los soberanistas obtienen en el Parlament la mayoría absoluta de escaños, pero no de votos, los de Artur Mas y compañeros independentistas se sentirían legitimados para iniciar el proceso de separación. Entonces, ¿dónde queda eso del 27-S como elecciones autonómicas, que están inventadas para componer un Parlament pero no para inventarse unos comicios plebiscitarios, a no ser que nos hayamos vuelto todos locos? Un plebiscito es para tomar una decisión concreta, no para elegir a nadie, y por supuesto que exigiría que la mayoría absoluta de votantes se pronunciara a favor del sí a la pregunta formulada, que por otro lado no es ninguna. Eso admitiendo algo inadmisible: que un resultado de un solo voto más para el sí que para el no fuese a hacer viable nada menos que la ruptura de la unidad de la patria, nación, Estado o conjunto de territorios de diversa denominación. A lo que por supuesto hay que añadir que el derecho a decidir es un derecho de todos los afectados, es decir, de todos los españoles, y no exclusivamente de los españoles que habitan en Cataluña. ¿O es que a mí nadie me iba a preguntar si yo quería o no que mi amada Cataluña se fuese de España?

¿Nadie nos iba a preguntar si queríamos aprobar algo que nos rompería el alma como sería que a España se le amputara uno de sus territorios fundamentales y que a Cataluña se le convirtiera en un extraño ente aislado de su mundo y desvinculado de quienes han sido sus hermanos durante cinco siglos? Lo inexplicable es que, en lugar de este tipo de reflexiones, lo más habitual sea poner por delante las consecuencias económicas de la secesión, por lo demás nefastas e inasumibles. Me importan un pito esas consecuencias si las miro al lado de las superrazones sentimentales, humanas e históricas que me obligan a rechazar el supuesto y que en todo caso el mismo se produjera por unos votos más en Cataluña y sin consultar para nada al resto de los españoles. Y hay algo que también me entristece y es que a estas alturas pueda haber quienes comparen mi actitud con la de la derecha, más o menos extrema, esa que nos está dando el espectáculo, esa que es culpable de una buena parte de la radicalización reciente del independentismo y del crecimiento de esa actitud, que hace unos años era extremadamente minoritaria. Y ya se lo recordé a ustedes el otro día: esto lo escribe alguien que siempre ha defendido con pasión el derecho a las más altas cotas de autogobierno de esa cosa maravillosa llamada Cataluña.

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