Fernando Jauregui

Los periodistas también remamos

Javier Solana, que fue el alto representante de la UE para la Seguridad Exterior, ministro de Asuntos Exteriores y secretario general de la OTAN, y Josep Borrell, que fue, entre otras cosas, presidente del Parlamento Europeo, unieron este miércoles sus voces a las de quienes, desde distintos puntos del planeta, están lanzando advertencias a los catalanes sobre los riegos de la secesión. «Si rompen la legalidad, nunca podrán ser miembros de la UE», dijo Solana, hombre a quien gusta poco dar titulares, rompiendo por una vez su propia regla de gris discreción. Al ministro de Exteriores actual, García Margallo, le rodeó luego la expectación ante su insólito -otros lo condenan; yo lo aplaudo- debate televisivo con el ‘hombre de Esquerra’, Junqueras.

Y es que, en estas últimas horas de frenesí y tensión extrema antes de la jornada electoral de este domingo en Cataluña, se multiplican los avisos, las tomas de posición, desde banqueros hasta futbolistas, desde empresarios grandes, medianos y pequeños, hasta cantantes. Y, en este panorama, me gustaría hacer una pequeña reflexión no precisamente aséptica sobre el papel que, en circunstancias como estas, jugamos los medios de comunicación y, en particular, los periodistas.

Personal y profesionalmente, llevo muchos años intentado huir de tomas de posición sectarias -es decir, a favor de un sector u otro–, de militancias en grupos organizados, incluyendo algunos con los que íntimamente sintonizo, de dar consejos, a los que tan aficionados son otros. Contemplo con enorme preocupación el panorama informativo ante estas elecciones, y procuro hacerlo no como un periodista situado, que lo estoy inevitablemente, en el lado ‘de acá’: creo que las guerras, y estas elecciones plebiscitarias -porque lo son, qué le vamos a hacer- tienen mucho que ver con ardores guerreros en los que la lógica está ausente y la primera víctima suele ser la verdad. No estoy seguro de haber logrado siempre cumplir con este ideario de absoluta neutralidad, y menos ante una coyuntura tan complicada como esta del proceso de secesión de Cataluña, que se mueve de la mano de un sector -que no sé si es o no mayoritario: el domingo lo sabremos. Sí sé que tiene mucho de cuestionable- de la ciudadanía.

Creo que muchos informadores, catalanes o no, debemos hacer una autocrítica muy seria, aunque seamos, yo lo soy, más proclives a ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Y es que los periodistas somos, al fin y al cabo, ciudadanos, tenemos nuestras convicciones políticas –y, ay, nuestras dependencias–, estamos sujetos a la influencia del ambiente que nos rodea, y este ambiente puede llegar a ser simplemente asfixiante en ocasiones. En esta condición de ciudadanos políticos, entiendo que los periodistas también tendemos a remar a favor o en contra de una determinada corriente: hay quien lo hace con descaro, otros procuran atenuar sus ímpetus. Quienes alguna vez hayan seguido mis artículos o mis comentarios en tertulias conocen perfectamente que no escondo dónde me sitúo, qué aprensiones y pesimismos mantengo ante lo que pueda ocurrir. Ni he escondido tampoco, ignoro si haciendo bien o mal, mi opinión acerca de determinadas actitudes, sobre acciones u omisiones que sé que van a redundar negativamente en las vidas de todos nosotros.

Por eso, hoy prefiero ser parte que pretenderme cronista imparcial, si es que tal cosa alguna vez ha existido. Y, por tanto, prefiero unir mi voz a las de quienes ven demasiados riesgos, innecesarios, en el proceso emprendido por Artur Mas y por quienes le apoyan, lo que no excluye el hecho de ser crítico con algunas de las cosas que se hacen o no se hacen del lado de acá, del lado en el que, para lo que importe -ni soy catalán, ni soy prescriptor de nada–, que ya sé que importa muy poco, me ubico: uno más a los remos, que me prefiero al remo en una trainera que galeote en un barco pirata, con perdón.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido