Francisco Muro

Cambios ahora, los justos.

En este Gobierno hay dos ministros «apagafuegos» que no hubieran sido necesarios si Rajoy hubiera acertado nombrándolos en lugar de aquellos a los que eligió. Se hubiera evitado muchos problemas y disgustos así como una pérdida de imagen y de votos tan grande como la que ha sufrido en las municipales, autonómicas y catalanas. Los ministros de Educación y de Justicia, Iñigo Méndez de Vigo y Rafael Catalá, se han dedicado en los últimos meses a desfacer los entuertos que les dejaron sus antecesores, Wert y Ruiz Gallardón.

El cambio no ha consistido sólo en parar, suavizar o ralentizar los proyectos o leyes que contaban con una clara oposición política y social -las tasas o la LOMCE entre otros-, sino en tratar de abrir vías de diálogo con todos los sectores y de cambiar la imagen de un Gobierno que impone por otro que dialoga. «Lo que no puede ser, no puede ser y, además es imposible», decía «el Gallo», pero Catalá y Méndez de Vigo han hecho un sprint digno de Cavendish y van a llegar a la meta de diciembre, al menos, con el reconocimiento de que con ellos sí se puede hablar. Contaba Jorge Cafrune que un día el presidente de turno de Argentina -allí tampoco han tenido mucha suerte con sus presidentes- saludó a la madre del cantante en una gira y le preguntó: «señora, ¿qué le gustaría que hiciera por usted?». Y ella respondió coloquialmente: «con que no me joda, tengo bastante». Si los políticos pregonaran menos que todo lo hacen por el bien del pueblo -con o sin el pueblo- y no fastidiaran a los ciudadanos, la política y la vida irían mucho mejor. Escuchar en lugar de imponer.

Ahora sobran las promesas. No digo que en vísperas electorales deben dejar de trabajar. Pero bastaría con que no nos molesten mucho y se dediquen a lo estrictamente indispensable. Si tienen «ideas», es muy probable que el Gobierno que venga no deje títere con cabeza y el trabajo de estos meses sea en balde. Méndez de Vigo ha dicho que va a poner las primeras piedras de un Pacto Nacional por la Educación -Gabilondo también lo intentó tarde y el PP le mandó a paseo-, un Libro Blanco de la Función Docente y un Plan de Convivencia Escolar. Eso tocaba al principio de la legislatura, con mucha humildad, mucho diálogo y mucha buena voluntad. Ahora ni puede ser ni va a ser. Lamentablemente.

Su colega, Rafael Catalá, que ha llevado manu militari en el Parlamento algunas reformas legales que Gallardón inició y ha sepultado otras, ha dicho que tal vez haya que ponerse a reformar la Ley del Jurado, ahora que vamos a tener folclore judicial con los casos de Asunta, Sergio Morate y de Isabel Carrasco. Ni toca ni es posible. Será otro Gobierno, sin mayoría absoluta del PP, y harán falta otros pactos. Con controlar o apagar los fuegos de sus departamentos han cumplido. Lo que toca en este tiempo es hacer programas sólidos y creíbles, no crear más problemas, dialogar para solucionar los que afectan a la médula del Estado y esperar a ver lo que dicen las urnas en diciembre. No es poco.

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