Gabriel Albiac

Malbaratada su primera carta, Podemos queda ante un espejo muy desagradable: el de su incompetencia

Malbaratada su primera carta, Podemos queda ante un espejo muy desagradable: el de su incompetencia
Gabriel Albiac. PD

Gabriel Albiac hace en ABC este 22 de octubre de 2015 un retrato de Podemos y como ya el partido de Pablo Iglesias ha quedado retratado ante los ciudadanos con sus experimentos en los ayuntamientos de Madrid o Barcelona:

Me resistí, desde el inicio, a aceptar la autoetiqueta de «izquierdista», para dar razón del grupo de penenes que iba a capitalizar la hondísima ira ciudadana contra toda la política española. No, nada tenía su retórica que ver con izquierda alguna. La política la habían aprendido en un espadón valleinclanesco: el Chávez que los conmovía a hasta hacerles brotar nada menos que «un Orinoco triste» de los lagrimales. La teoría les venía de Perón y su momificada Evita.

Añade:

Es decir, de la forma propia al fascismo en Latinoamérica. Y su mayor refinamiento intelectual pasaba por un vocero posmoderno del peronismo: Laclau. «Populismo de izquierda», esto es, «izquierda peronista», tiene exactamente el mismo contenido léxico que «izquierda mussoliniana» o que «nazismo bolchevique», expresiones ambas que existieron en la trágica Europa de los años treinta.

Señala Albiac:

Repetir eso ahora ha vuelto a ser posible: ¡tiempos locos! Encajar su lógica en la estela del izquierdismo que siguió al 68 es, sencillamente, una majadería. El populismo es la matriz básica de los fascismos. Y, como tal, el antiizquierdismo más paradigmático. Que fuera una populista, Fanni Kaplán, la autora del atentado como resultado del cual habría de morir Lenin es de una lógica blindada: entre populismo e izquierdismo no hay más lazo que la guerra.

Explica que:

El avance de una fuerza populista reposa sobre la necesaria ambigüedad de su discurso. Ahora como en el 1922 de la marcha sobre Roma o en el 1933 de la quema del Reichstag. El populismo nace del sollozo de una población que no ve ya en Estado, políticos e instituciones más que una patulea de parásitos. Y que está dispuesta a recurrir a quien sea para correrlos a gorrazos. Plácidos burgueses italianos y alemanes cayeron en ese fatal error: «Que estos bárbaros nos quiten de en medio a la vieja casta de políticos sinvergüenzas, que ya luego nosotros nos encargaremos de fumigarlos a ellos». Por supuesto que se equivocaron. Los bárbaros no dejan nunca con buenas maneras el poder. Y fueron, al fin, los bárbaros quienes barrieron a los burgueses que soñaron ser sus amos.

Subraya desde su autoridad como viejo izquierdista:

El populismo no sabe de gestión ni de administraciones. Lo suyo es una emoción que multiplica la fe en el líder supremo. Eso se busca hacer jugar, cuando se concurre a las elecciones europeas con una papeleta cuyo único signo de distinción es el perfil de un individuo con coleta: el jefe carismático. Funciona con facilidad, ese tipo de reconocimiento. Pero debe ir seguido, de inmediato, por la toma del poder. De no ser así, el espectáculo de un líder con talante intelectivo de prima donna corre el riesgo de acabar por no ser grato del todo para sus electores. Los maniquís de escaparate tienen la vida corta en política.

Y sentencia que la oportunidad que tuvo Podemos ya no volverá:

Podemos tuvo una ocasión. De oro. Su emergencia, en una España políticamente putrefacta, le daba todas las bazas para tomar el poder sin coste alguno. Y sin abrir la boca. Pero debía ser, el suyo, un golpe súbito, imprevisto. Sin opción a exhibir incompetencias. De haber jugado su primera baza electoral directamente en las generales, es muy verosímil que hubiera ganado: la virginidad -eso tan raro en política- jugaba a su favor. Pero la baza virginal puede jugarse una vez tan sólo. Malbaratada esa carta en el marasmo de ayuntamientos y de autonomías, el populismo quedó ante un espejo muy desagradable: el de su incompetencia. Ahora, el retorno al pasado no es posible.

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