Ignacio Camacho

La provocación de los independentistas catalanes devuelve al Gobierno la iniciativa que había perdido

La provocación de los independentistas catalanes devuelve al Gobierno la iniciativa que había perdido
Ignacio Camacho. PD

Ignacio Camacho también habla de campaña reventada y señala que el desvarío catalán ha desatado el pánico en los responsables de resolver los últimos flecos de la inminente carrera hacia la Moncloa del 20 de diciembre de 2015:

Hay una mezcla de estupor y pánico en los gabinetes electorales: el desvarío catalán ha reventado la campaña. En una política de altísima volatilidad, en la que sólo parece valer la última semana, ya no sirve ninguna estrategia previa, ningún esquema, ningún programa.

Toca empezar de nuevo: las piezas del tablero han sido derribadas. La economía, la regeneración institucional, la igualdad, incluso la corrupción; todos los temas previstos en el debate de los dos próximos meses han quedado desplazados, empequeñecidos ante la agenda perentoria de la secesión y su ruidosa presencia mediática.

Los estados mayores recomponen el discurso buscando argumentos de emergencia y los candidatos se han calzado botas de plomo, sabedores de que un error puede destruir todas sus opciones. En medio del alboroto no hay modo de colocar mensajes ni promesas. La potencia del conflicto independentista es acaparadora porque desbarata cualquier agenda de reconstrucción social para situar a la opinión pública ante el problema central de la estructura misma de España.

Apunta que:

En teoría esta nueva dinámica devuelve al Gobierno la iniciativa que había perdido, o al menos le da ventaja para establecer las pautas de referencia que la nación espera en momentos de zozobra. Lo devuelve a la Política con mayúscula tras una legislatura de perfil bajo y empeño economicista. Pero carece del control de los tiempos, que está en manos de los soberanistas y su deriva desquiciada.

Éste es un factor de enorme capacidad de desestabilización: el ritmo de la vida pública española lo va a marcar una tribu de iluminados poseídos por un delirio mitológico, una clase de gente que ha perdido toda noción de sensatez y se retroalimenta en su propia ofuscación aventurerista.

Las reglas de la confrontación se basan en imaginar las pautas del rival, y en esta ocasión el Estado se enfrenta a un adversario imprevisible en su trastorno. Hay que contemplar cualquier hipótesis, por disparatada que parezca, con precedentes poco alentadores: hasta ahora todas las suposiciones racionales han fracasado.

Y sentencia que lo que ya se han acabado son las ambigüedades. Vamos, que toca mojarse:

El riesgo de equivocarse es alto, pero algunos no están acostumbrados. Se trata de una prueba de contraste para todos, en la que los nuevos partidos van a recibir su abrupto bautismo de realidad.

El Gobierno tiene el aparato estatal, con sus ministerios, sus abogados, sus jueces… y sus guardias. El PSOE tiene una empanada notable pero también una larga experiencia de poder cuyas claves debe rescatar de la memoria de su Antiguo Testamento.

Los emergentes sólo tienen buenas encuestas y un impulso de renovación que de repente ha perdido protagonismo frente a la necesidad de certezas. Ante un desafío de este calibre la teorética de tertulia se revela insuficiente. Se tienen que retratar, como hizo ayer Rivera, con apuestas de verdad, con soluciones que desgastan. El tiempo de las ambigüedades se ha acabado antes de lo que pensaban.

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