José María Carrascal

Mariano Rajoy ya no es el apestado de la política española

Mariano Rajoy ya no es el apestado de la política española
José María Carrascal. PD

José María Carrascal celebra que el presidente del Gobierno haya sido capaz de convocar a los principales partidos estatales a tratar un tema tan espinoso como el catalán, aunque le haya salido algún desertor del arado como Pablo Iglesias, al que le mola ese mantra del ‘derecho a decidir’.

¿A decidir qué, Iglesias? ¿La independencia?

Rajoy ya no es el apestado de la política española. Es su director de escena, el que marca entradas y salidas. En la puerta de la Moncloa podría poner una guirnalda con la leyenda «Bienvenido al club». Al club de la defensa de la unidad de España. Allí acuden todos, incluidos los que difieren en el método, pues todos se dan cuenta de que quien no esté por la unidad de España ya puede ir pensando a qué dedicarse, la quiromancia o la jardinería, porque en política no tiene nada que hacer. De ahí la cola ante la Moncloa.

El primero fue Pedro Sánchez, que pese a haber dicho que nunca pactaría con Rajoy aceptó unirse al pacto antisoberanista por «tratarse de una cuestión de Estado». Pero 24 horas más tarde estaba en Barcelona equiparando a Rajoy con Mas y la matraca federalista. Dan ganas de enviarle la historia de la Primera República, que de federal pasó a cantonal, y de cantonal, a rosario de la aurora. A ver si se aclara este chico, porque si se empeña en la equidistancia, se está cavando su propia fosa. Con la unidad de España no se juega, ni siquiera en elecciones. ¿No lo sabe?

Subraya que:

Siguieron los líderes de Ciudadanos y Podemos. El lenguaje del cuerpo dice más que mil palabras: Rivera, con corbata, echado hacia delante, las manos abiertas como explicando algo, ante un Rajoy que escucha atentamente. Iglesias, en uniforme de faena, recostado, los puños en alto y una pierna horizontal sobre la otra, ante un Rajoy que le advierte con el dedo. Rechaza los pactos antisecesionistas -que califica de bunker- y propone dar a Cataluña el derecho a autodeterminarse, como si fuera una colonia, a más de reconocerla como nación dentro del Estado español. Ya me dirán ustedes cómo se atan esas moscas por el rabo.

Mientras Rivera va incluso más allá que el presidente: pide presentar ya el recurso ante el Tribunal Constitucional contra el intento separatista, que Rajoy quiere retrasar hasta que el Parlament catalán lo apruebe, tal vez pensando que aún pueden retirarlo. Pero Rivera tiene prisa, como temiendo que se pase su hora, como a Iglesias, y olvidando que hace un año coqueteaba con el federalismo. Cosas de juventud.

Lo importante, sin embargo, es que estaban allí, a los que seguirán otros, y que Rajoy les ha escuchado. Creemos que hizo bien. No ya por ser su deber en una cuestión trascendental como ésta, sino especialmente porque les ha obligado a confesarse en voz alta sobre ella, y los españoles sabemos con quien nos jugamos no ya los cuartos, sino el país, algo que no admite equidistancias.

Sí cree que los partidos catalanes que están metidos en el ajo separatista no deben ser invitados hasta que no se aclaren el cacao que tienen en su mente:

¿Y en la otra parte, la catalana, qué ocurre? Hay quien dice que debería ser también invitada. No lo creo. Primero, tienen que aclararse y aquello está cada vez más confuso. Hay incluso síntomas de desintegración de un bloque que no lo era, sino alianza coyuntural y fraudulenta, al violar no sólo la Constitución española, sino también el Estatuto catalán, que exige los dos tercios del parlament para aprobar las cuestiones trascendentes como ésta. Cosa que no logran ni con la CUP. Así quieren crear el Estado catalán: violando sus propias leyes. Mal comienzo, peor fin.

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