Gabriel Albiac

Da igual cuál sea el procedimiento; siempre que acabe con los sublevados en la cárcel

Da igual cuál sea el procedimiento; siempre que acabe con los sublevados en la cárcel
Gabriel Albiac. PD

En ABC, este 5 de noviembre de 2015, Gabriel Albiac que considera que lo que están haciendo Artur Mas y compañía no es más que un golpe de Estado propio de unos ladrones (aunque ellos insistan con el mantra de que es España quien les roba):

Curcio Malaparte transcribe, irónico, la anécdota. Liberal y británico, Israel Zangwill es retenido por los camisas negras en la Florencia golpista de 1922. Entre furioso y despectivo, deja caer su enojo: «La revolución de Mussolini no es una revolución. Es una comedia». Podía, incluso, haber dicho que era un circo. Y no erraría demasiado. En la apariencia, al menos. Pero Malaparte sabe que no, que ni lo uno ni lo otro. Que es un golpe de Estado. Que triunfa. Los golpes de Estado cabalgan siempre entre épica y ridículo. Puede que Zangwill fuera demasiado británico para entenderlo.

Entre épico y ridículo, Mas inició el martes ese golpe de Estado que ha venido anunciando en un tono lo bastante histriónico como para que nadie se lo tomara en serio: golpe de ladrones que buscan eludir castigo por lo que robaron bajo el mando patriarcal de los Pujoles. Hecho está. ¿Qué viene ahora? ¿Impunidad o ley y cárcel? Porque aquellos payasos, que describía el enojado Zangwill, triunfaron. Conviene no olvidarlo. Y Mas no es ni más ni menos grotesco que Mussolini. ¿Por qué no habría de esperar igual fortuna?

Apunta que:

La presidenta del parlamento regional, Carmen Forcadell, ha erigido la mitológica legalidad de la larvaria República Catalana como potencia que excluye la material legalidad que rige en España. Llegados a ese punto, una ley que se dice naciente se opone a otra en vigor. Y, entre dos derechos iguales e incompatibles, sólo decide la fuerza; a través de cuantas retóricas sean precisas para engrasar la máquina de la constricción material que, al fin, debe decidir todo, cuando el poder se halla en juego.

Afirmados dos Estados distintos -y aun enemigos- sobre un mismo territorio, uno ha necesariamente de destruir al otro. La buena voluntad aquí no juega nada: las coyunturas de doble poder sólo transitan hacia el choque, porque, guste o no guste, el poder no se comparte. Y todas las alternativas retóricas intermedias componen únicamente la red de ardides, a través de la cual cada uno de los contendientes aguarda el instante de la debilidad fatal del adversario.

Puntualiza:

No es que en Barcelona esté a punto de desencadenarse un golpe de Estado. El golpe se inició anteayer, cuando la funcionaria Forcadell dio orden de violar la ley vigente. Poca sorpresa había en su comportamiento: su primera providencia, la semana pasada, había sido anunciar el fin de la autonomía y el inicio de la República independiente catalana. El martes, la solemnidad retórica bajó a los hechos: no hay ley española ya que rija en Cataluña; la desconexión jurídica se ha consumado. Y aquel que se declara fuera de la ley asume una alternativa: o bien trocarse él mismo en fuente de ley, o bien ser reo de la legalidad violada. Se gana o se pierde, pero un golpe de Estado nunca sale gratis.

Y exige que estos elementos acaben a buen recaudo en la cárcel:

Golpe de Estado es acto de una fuerza que, si no aspira al suicidio, debe ser milimétricamente eficaz. A la espera de respuesta. Si esta no llega, habrá triunfado el golpe. Si la respuesta acumula una eficacia más alta que la del golpista, la aventura de este acabará en presidio. Son las reglas del juego.

Y concluye:

No hay Estado moderno que no disponga de una panoplia amplísima de respuestas materiales frente a una sedición. Sería torpe por su parte anticiparlas. Y criminal, no hacer uso de ellas. Artículo 155, estado de excepción, estado de sitio… Da igual cuál sea el procedimiento: el menos costoso. Siempre que acabe con los sublevados en la cárcel. Y que la plena garantía de los ciudadanos sea salvaguardada.

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