Andrés Aberasturi

A Pablo Iglesias y los líderes de Podemos les empiezan a molestar sus bases

A Pablo Iglesias y los líderes de Podemos les empiezan a molestar sus bases
Andrés Aberasturi. PD

Cuando Calvo-Sotelo analizó el desastre de aquella UCD que se suicidó después de traer la democracia, dijo una de esas frases que deberían quedar inscritas en la Historia; no se trata de nada solemne, de nada trascendente, de barcos con o sin honra, de morir de pie ni toda esa colección que luego se recopilan en libritos de «citas célebres»; no.

Con toda su honda sabiduría gallega -algún día alguien debería escribir largo sobre don Leopoldo- resumió en pocas palabras una realidad que se repite con frecuencia: «El suflé nunca sube dos veces».

Ignoro si la sentencia es suya, copiada o adjudicada al expresidente, pero es una de esas verdades tremendas dignas de un frontispicio aunque por culpa del suflé, que recuerda un poco al eterno libro de cocina de Simone Ortega y sus 1080 recetas, no alcance el honor que se merece.

Pues viene a esto a cuento de la extraña aventura de Podemos que sin llegar a bajar del todo, no parece muy probable que llegue a remontar aquel primer subidón de las europeas cuando desde las aulas de Políticas un grupo de jóvenes profesores tuvo el acierto de aglutinar la indignación de un país quemado por la corrupción y diezmado por la crisis.

La presencia mediática de sus líderes, programas de televisión que se pusieron a su servicio, un lenguaje nuevo lleno de promesas imposibles pero ilusionantes, la falacia de que ellos no eran ni de derechas ni de izquierdas sino gente como la mayoría: descastados, la invención de los famosos «círculos», todo en aquella España se conjuró para que Podemos subiera como el suflé hasta alturas que ni ellos mismos habían previsto.

Pero empezaron los problemas porque los hasta entonces intocables tenían amistades peligrosas, sufrieron sus pequeños escándalos -pequeños, es cierto, pero escándalos- y el triunfo inesperado les llevó a una soberbia y una prepotencia que no cuadra con la gente que quiere cambios pero no revoluciones y que se sintió excluida cuando calificaban de «papelito» a una Constitución que nos había devuelto la libertad, cuando Pablo Iglesias copiaba a Marx asegurando que «el cielo se toma por asalto, no por consenso» o cuando trataban de justificar lo injustificable en herriko tabernas o con sentidas palabras a favor de la dictadura de Chaves y Maduro.

Luego se dieron cuenta de que aquello se les iba de las manos y trataron de centrarse rebajando las promesas, cambiando los parecidos deseados, dejando en el camino algún que otro cadáver político pero sin perder su protagonismo absoluto al exigir que los demás partidos se hagan de Podemos o cambien radicalmente su discurso para asumir el de ellos.

Las encuestas no me parecen importantes ahora mismo y no sé si realmente el partido de Pablo Iglesias está en baja o no, pero si sé que gente que empezó creyendo en ellos se plantea volver a IU porque lo que han visto de Podemos tras las municipales, no les ha gustado nada.

Y algo más preocupante: en un partido asambleario como es el suyo, que participen sólo el 4% de sus simpatizantes es, me temo, un signo inequívoco de que el suflé de las europeas se ha ido desinflando entre otras cosas porque a los propios líderes de Podemos les empiezan a molestar sus bases.

Tal vez sea la hora de reflexionar y de hacer una autocrítica sería frente a un país desconcertado y harto de líderes. Fichar a un general no es más que una anécdota que tiene tres días de vida; cambiar la actitud y las formas, tal vez aseguren un futuro.

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