Fermín Bocos

No es del todo cierto que la política sea cosa de civiles

No es del todo cierto que la política sea cosa de civiles
Fermín Bocos. PD

No se habla de otra cosa. La noticia de que del general en la reserva Julio Rodríguez (ex Jefe del Estado Mayor de la Defensa) ha dado el salto a la política integrándose en una de las candidaturas de Podemos ha provocado un pequeño terremoto. Cuando menos en el ámbito de la opinión publicada.

Apenas hay término medio. De la sorpresa a la indignación. El paso dado por el general no ha dejado indiferente a nadie. Hasta cierto punto es lógico si pensamos que la idea más común -la Historia pesa- es asociar a los uniformados españoles con posiciones políticas conservadoras.

En términos históricos así fue en buena parte del siglo XX, pero no en el siglo XIX cuando la etiqueta «liberal» -equiparable por aquél entonces a lo que hoy entendemos por «izquierda»- apellidó a no pocos militares.

Muchos de ellos activos protagonistas de la política. Con el andar del tiempo y tras el golpe de Estado contra la Segunda República y la posterior Guerra Civil, la dictadura del general Franco marcó durante casi cuarenta años la ideología de nuestros militares.

Consolidada la democracia -y vacunados de franquismo tras la intentona golpista del 23 F-, las Fuerzas Armadas encontraron en la Constitución el marco adecuado para desarrollar con profesionalidad las misiones que les fueron encomendadas en cada momento por los sucesivos gobiernos (unas veces de izquierdas, PSOE; otras de derechas, PP).

En tiempos de la Transición cuando los periodistas podíamos recitar de memoria los nombres de los capitanes generales se hablaba del Ejército como de el «Gran Mudo».

Treinta y tantos años después, apenas retenemos los datos biográficos de aquellos que dirigen las misiones en el extranjero pero sabemos que las Fuerzas Armadas están entre las instituciones más valoradas por los ciudadanos.

Mucho tiene que ver el hecho de que han asumido con disciplina, determinación y eficacia el papel que les asigna la Constitución. No es del todo cierto que la política sea cosa de civiles, pero en España, dada nuestra Historia nos ha venido muy bien que haya sido así en los últimos treinta años.

Por eso llama tanto la atención que un general, aunque esté en trance de retiro, se meta en política. Que además haya optado por un partido que hasta hace poco se declaraba antisistema y partidario de la República y que en relación con el órdago separatista en Cataluña defienda el derecho a decidir, amplía doblemente el foco de la sorpresa.

Un general «rojo» es, desde luego, una noticia. Hacía muchos años, desde los claveles de Portugal, que no se veía nada parecido por la Península Ibérica.

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