Fernando Jauregui

Pues claro que hay solución(es) para Cataluña.

Si en mi mano estuviera, instaría a todas las partes, incluyendo, desde luego, a esa ciudadanía, asustada ante lo que dicen que nos viene, a mantener cierta calma. Lo de Cataluña, pienso, tiene solución. Incluso soluciones. Cierto: hay un choque de trenes inevitable entre la resolución que este lunes se aprobará en el Parlament de Catalunya, instando al futuro Govern a adoptar «las medidas necesarias para hacer efectivas las declaraciones de soberanía», y lo que va a decir la más alta institución judicial española, el Tribunal Constitucional, anulando esa declaración. Pero de ese choque sin duda va a salir, debe salir, vencedora la racionalidad, tan escasa estos días.

Lo primero de lo que tenemos que convencernos quienes pensamos que este proceso independentista instado por Artur Mas es un disparate es de que son minoría los catalanes que van decididos al proceso secesionista: investigaciones sociológicas más o menos reservadas indican, me dicen, una muy alta aprensión en la ciudadanía catalana ante la deriva que están imprimiendo al proceso la heterogeneidad de Junts pel Sí y la locura de la CUP.

Si ahora mismo volviesen a celebrarse unas elecciones autonómicas en Cataluña –y Mas baraja esta hipótesis para marzo, una vez que la CUP se niega, por sus presuntas corruptelas, a investirle—, la votación a JpS decaería en más de un treinta por ciento, la de Podemos y sus aliados se desfondaría, por su ambigüedad, otro tanto, y la de la CUP podría ascender un dos o tres por ciento, mucho menos, en todo caso, que el apoyo a Ciudadanos o al propio PSC.

Es decir: el respaldo al independentismo quedaría en la justa medida que los sondeos están indicando; son muchos menos los electores catalanes que quieren una independencia, y más si se basa en la desobediencia a la legalidad, que los que no la quieren. Aunque cualquier mediano estadista instalado en Madrid ha de comprender que las reformas, el diálogo y las nuevas formas serán esenciales para mantener el estado de cosas anterior al ataque de insania de Mas: ya no se puede decir ‘no’ a las reformas constitucionales que afectan a Cataluña, como esa posible disposición adicional a la Carta Magna, reconociendo las peculiaridades nacionales de esta Comunidad; ya no se puede considerar cualquier paso a favor de esta Comunidad como un ataque a la ‘igualdad de todos los españoles’.

Y, sobre todo, ya no cabe ese lenguaje guerrero hacia las aspiraciones (ya digo: cada día más claramente minoritarias) secesionistas, por muy miopes y hasta malintencionados que sean algunos de las que las promueven. En este sentido, el PSOE habría tenido que salir ya a criticar unas muy desafortunadas declaraciones del antes siempre tan bien orientado Alfonso Guerra: ni esta situación es la de 1934 ni los militares tienen nada que hacer en ella.

Tengo la impresión de que la declaración del Parlament tan indignamente presidido por la archisectaria Forcadell, la que acaba sus discursos ‘institucionales’ con un ‘visca la República de Catalunya’, se producirá este lunes en un cierto vacío popular. Y en un marco de desunión; no todo es paz en el seno de Convergencia ante la marcha que se imprime a las cosas, ni todo es amor entre la propia Convergencia y el ‘socio’ de Esquerra, ni todo es concordia entre quienes al final aceptan un cierto sistema, aunque sea desobediente, y esa CUP de acciones imprevisibles… y que, sin embargo, es la que puede acabar arreglando las cosas, forzando unas nuevas elecciones, o rompiendo los acuerdos entre los secesionistas.

Claro está que esta incierta navegación hacia soluciones racionales en Cataluña necesitará que ‘en Madrid’ se den los pasos necesarios. Nada puede esperarse, pues, digan lo que digan unos y otros en los mítines que recorren toda España, tierras catalanas incluidas, hasta que finalice la campaña y hayan transcurrido las elecciones del próximo 20 de diciembre.

Cuarenta días nos separan de ese deseable pacto poselectoral, quizá a tres (PP, PSOE, Ciudadanos), que muchos estiman tan conveniente como, ay, acaso improbable, y que debería poner en marcha una política combinada de firmeza, diálogo y reformas. Los políticos catalanes instalados en las poltronas, en el fondo cómodas, del secesionismo, ya se están ocupando, aunque ellos pretendan lo contrario, de facilitar, por la vía del caos, el retorno a la cordura.

Ahora, ha de ser desde el resto de España de donde llegue la mano para tender los puentes que, digan lo que digan, están deteriorados, sí, pero no rotos del todo. Cualquier error, una hoja de ruta ambigua y no compartida, puede hacer que lo del puente sobre el río Kwai sea una broma en comparación con la voladura institucional que a los más chiflados –y vaya si los hay– tanto les gustaría.

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