Fernando Jáuregui

Cuando el Rey volvió a reinar en España

Cuando el Rey volvió a reinar en España
Fernando Jáuregui. PD

Aquel 22 de noviembre, un Rey volvió a ser jefe del Estado en España. Juan Carlos I era entronizado en las Cortes y su discurso, levemente aperturista dos días después de la muerte de Franco, hizo concebir tibias esperanzas incluso a aquellos que, como le ocurría en aquellos momentos a quien suscribe, pasaban unas horas en prisión por haber sido capturados en una manifestación ‘ilegal’ pidiendo la libertad de los presos políticos en la ya desaparecida cárcel de Carabanchel.

Curioso el relativo revuelo ocasionado sobre si la memoria del dictador sigue o no viva en la conciencia de los españoles, mientras que casi nadie parece recordar que, un 22 de noviembre, la Monarquía regresaba al país por la puerta grande de la Carrera de San Jerónimo.

Nada es igual ahora, afortunadamente, que en 1975, hace cuarenta años. Ni siquiera el Rey, símbolo de estabilidad, es el mismo Rey. Pero en la Corona de España, aunque haya ocurrido mucho, han variado, en el fondo, pocas cosas: su popularidad ha aumentado al estar personificada en Felipe VI y supongo que las esperanzas que suscita el aún joven Rey, para que contribuya a arreglar algunos de los problemas casi seculares del país, son bastante mayores que las que inspiraba su padre.

Pero el caso es que tengo la impresión de que el mundo al que se enfrenta Don Felipe es mucho más complejo (aún más complejo) que el que se encontró Don Juan Carlos; incluso pese a cómo eran entonces los militares, las fuerzas del orden y una parte sustancial de la clase política, incluso pese a la situación de aislamiento internacional que padeció la España del Franquismo básicamente por voluntad del dictador.

Ver a Felipe VI fotografiado, junto al visitante Abdalá de Jordania, a los mandos de un Airbus el viernes en Getafe, suscitaba, imagino, muchas reflexiones metafóricas acerca del papel que el jefe del Estado ha de tener a la hora de abordar cuestiones tan trascendentales como la imagen del país en el exterior, su seguridad o, aún más importante, su integridad territorial. Y moral.

Todo ello ha estado más cuestionado que nunca en ésta que algún medio de comunicación llamó ‘la semana de la ira’, desatada en el mundo occidental a raíz de los atentados de los asesinos autoconsiderados islamistas en París. La coordinación internacional en materia de seguridad siempre ha sido, al tocar las costas europeas sin el paraguas norteamericano, algo cercano al caos, y volvió a evidenciarse este viernes con motivo del ‘no’ tajante del Gobierno español, desmintiendo informaciones, inspiradas en las palabras de algún ministro, que hablaban de que nuestras tropas podrían ir a reforzar a las francesas en puntos como el atacado Malí. Un ‘lío’, que diría Rajoy, suscitado a raíz del atentado más grave, el de París, que conocen los españoles desde aquel del 11 de marzo de 2004.

Un atentado que, claro está, eclipsó momentáneamente lo que mi amigo Carlos Herrera llama ‘pasión de catalanes’. Pero es una pasión inmarcesible, que regresa cual Ave Fénix. El caso es que de Cataluña, el otro cáncer que devora lo que debería estar siendo una (pre)campaña electoral convencional, casi mejor ni hablamos: el desconcierto sembrado por Más, por Convergencia, por la CUP, acerca de quién y cómo se gobernará la autonomía, y cómo encauzar las ansias independentistas que, dicen las encuestas, alienta una parte minoritaria de la sociedad catalana, es de órdago.

El último sondeo dice que esa perplejidad haría que Convergencia –en su última modalidad estética–, Podemos, Esquerra, la CUP, el PSC y Ciudadanos podrían quedar empatados, o casi, a escaños si, como parece posible, se celebrasen ahora nuevas elecciones. A ver cómo gobierna usted una autonomía de esa guisa.

Comprendo que, cuando falta un mes menos dos días para que concluya la campaña electoral y vayamos a votar en las elecciones generales más ‘raras’ de nuestra Historia posterior a las constituyentes de 1977, haya muchos españoles, catalanes o no, que se interroguen por el futuro inmediato, ese que comienza en enero de 2016. Creo recordar que no había tanta angustia ante el futuro nuevo que se echaba encima cuando, hace ahora cuarenta años, quien tan erróneamente fue calificado como ‘Juan Carlos el breve’ se dirigía a la nación desde lo que hoy es la Cámara Baja.

La llamada ‘clase política’ no está, me temo, siendo ahora capaz de encender la linterna que ilumine las incógnitas de ese año inevitablemente reformista, regeneracionista, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Cierto: me congratula ver que quien pilota este momento de transición, Mariano Rajoy, está introduciendo un diálogo con otras fuerzas políticas que parecía olvidado por estos pagos, así como una buena dosis de moderación y equilibrio en esas cosas de comer con las que no se juega. Y me alegra comprobar que ese equilibrio, esa reflexión hacia el pacto, se extiende a Pedro Sánchez, a Albert Rivera, incluso a un Pablo Iglesias cuyo viraje pudimos comprobar nuevamente oyéndole esta semana en un desayuno en el Ritz: poco queda del Podemos despectivo con todo y todos de hace unos meses.

Pues eso: que todavía hay, temo, deficiencias en el comportamiento como estadistas de nuestros políticos. Por eso, y porque admito que me gustaría una mayor capacidad constitucional de intervención del jefe del Estado en lo que atañe a la vida de los españoles, es por lo que hoy he querido fijarme en que hace cuarenta años, la figura de un Rey, que desde entonces reina pero no gobierna, aunque influye no poco en nuestra vida cotidiana, volvió a encarnar la principal de nuestras instituciones.

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