Francisco Muro

El valor de Francisco

El Papa Francisco acaba de iniciar posiblemente el viaje más peligroso de la historia del papado en los últimos cincuenta o setenta años. Va a una zona que es un polvorín en llamas y lo hace en el peor momento: la amenaza yihadista es real, es permanente, es mortal. Le han desaconsejado que viaje a Kenia, a Uganda y, sobre todo, a la República Centroafricana, pero ha dicho que no, que va allí como «un mensajero de paz y de reconciliación», con los brazos abiertos buscando la paz.

En Centroáfrica, se reunirá con la comunidad musulmana en la mezquita de la avenida de Koudoukou, una zona peligrosa para él, para su séquito y para la multitud que le acompañará. Irá también al Centro Bautista y Evangélico, visitará un campo de desplazados –en esta república casi todos lo son–, a un orfanato, y abrirá la puerta santa de la catedral católica de Bangui. Será allí el papa de los que creen, sin importar a qué Dios rezan.

No está claro que los 12.000 cascos azules y los 900 soldados franceses puedan protegerle porque no han sido capaces de frenar la espiral de violencia que vive la capital desde hace meses. Apenas hace quince días, el 4 de noviembre, lanzaron una granada de fabricación china contra una multitud de universitarios que estaban concentrados allí. Esa vez no explotó, por fortuna. Bangui es un avispero y este viaje, como dice Juan José Aguirre, cabrea a las avispas.

Juan José Aguirre, el obispo español de Bangassou, Premio Derechos Humanos de la Abogacía Española –tres infartos, el último hace pocos meses, y nueve stents en su corazón– estará allí esperando al Papa. Su gente recorrerá en tres días 750 kilómetros de barro, tierra roja y socavones para llegar al encuentro de Francisco. Tendrán que atravesar 20 barreras de rebeldes armados hasta los dientes, la zona musulmana de los seleka, la de los anti-balaka, la zona mboro –la de los pastores itinerantes que han sido golpeados sin escrúpulos y que ahora se vengan con los viajantes en 200 kilómetros bajo su control– y evitar a los salteadores de caminos. Llegar será ya un milagro. Pero llegarán. Son de otra pasta.

Aguirre escribe que «Centroáfrica se ha descompuesto en pedacitos en los tres últimos años. Hay una epidemia de violencia que no para, que gangrena una sociedad con olor a podrido y tensa como la cuerda de una ballesta. La visita del Papa se vive con ilusión, como una contra reloj, rezando para que la lista de asesinatos no suba de los 120 muertos y 300 heridos que llevamos en pocas semanas y se pare por la fuerza su llegada». A Francisco le esperan miles de cristianos perseguidos, pero también muchos musulmanes y evangélicos. Porque allí, pese a todo, nadie está dispuesto a dar la victoria a los violentos. Porque allí, a pesar de la terrible y diaria violencia de las armas y del odio, a pesar de que la vida cotiza poco, la esperanza y la fe son mucho más fuertes que el miedo.

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