Esther Esteban

Madrid, el tráfico, la boina o la vida

Madrid, el tráfico, la boina o la vida
Esther Esteban. PD

Los agentes del Servicio de Estacionamiento Regulado (SER) de Madrid emitieron el pasado 13 de noviembre un total de 2.517 multas mientras estuvo activa la prohibición de aparcar en el centro de Madrid por la alta contaminación. El asunto creó tanta polémica que al final se optó por no enviar las multas a los afectados dada la improvisación de la medida y la falta de información de la misma por la que a la alcaldesa le cayó la del pulpo.

Pero la contaminación sigue y esta misma semana se ha tenido que activar de nuevo uno de los protocolos para cuando «la boina gris» sobre el techo de Madrid registra índices preocupantes, reduciéndose la velocidad máxima a la que se puede circular por la M-30 de 90 a 70 km/h, y si la cosa va a peores, prohibiendo el aparcamiento en los siete distritos centrales de la ciudad.

Este asunto ha coincidido en el tiempo con la Cumbre sobre el cambio climático celebrada en París donde el presidente Obama, ante los 140 mandatarios reunidos en la capital francesa, apostó por alcanzar un acuerdo para hacer frente a los desastres del cambio climático.

«Podemos cambiar el futuro aquí y ahora» dijo Obama. El objetivo común sería evitar un calentamiento por encima del punto crítico de los 2°C y como advirtió el príncipe Carlos, invitado especial a la cumbre, «dañando el clima nos hemos convertido en arquitectos de nuestra destrucción».

Todo eso es cierto pero también lo es que da la sensación que este tipo de cumbres sólo sirven para lavar la cara, momentáneamente, a un problema en el que todos deberíamos implicarnos más. Está claro que el cambio climático es el mayor reto medioambiental al que se van enfrentar las próximas generaciones y sabemos las soluciones para evitar el calentamiento global, aunque parece que nos empeñamos en dejar a nuestros hijos un planeta inviable.

«Para evitar una catástrofe las temperaturas no deben subir más de dos grados, lo que va a requerir una drástica reducción de las emisiones de CO2. Se puede hacer. Tenemos el conocimiento, las herramientas y el dinero: tan sólo el 1,7% del consumo global bastaría para ponerlas en el camino de una colonia baja en carbono en el 2030. Sólo nos falta la voluntad» dijo el príncipe Carlos y tiene razón. El tema es que cuando se apaguen los ecos de la conferencia y deje de ser noticia en los periódicos, nuevamente nos olvidaremos del asunto hasta la próxima y se dejará a los países más vulnerables a la deriva, en un ejercicio de cinismo sin parangón.

En España, el presidente del gobierno aprovechando su paso por la cumbre ha anunciado una ley de cambio climático para la próxima legislatura, si gana las elecciones, que servirá para racionalizar ordenar y armonizar todas las decisiones relacionadas con el clima, y no descartó la posibilidad de imponer nuevos impuestos ambientales. Rajoy no precisó cuál será el objetivo último de la futura ley -que llega tarde respecto a otros países-, pero sí reiteró su compromiso de una reducción del 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero y para el año 2030. Dice el presidente que la futura ley servirá para asegurar el triple objetivo de la lucha contra el cambio climático, el crecimiento económico y la creación de empleo. Ojalá sea así, pero ¡claro¡ estamos en elecciones y ya se sabe que las promesas… se las lleva el viento. Tal vez la buena noticia es que da la sensación de que !por fin! China parece que empieza a mover ficha y eso es un motivo de esperanza. Hay que elegir «o la boina o la vida».

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