Víctor Arribas

Lo que iba en la mochila de Pedro Sánchez

Lo que iba en la mochila de Pedro Sánchez
Víctor Arribas.

Pedro Sánchez ganó el debate en medio del fango y las descalificaciones. En veinticinco años de tradición con este tipo de confrontaciones ante las cámaras no se recordaba a ningún contendiente, ni Felipe González, ni Aznar, ni Zapatero ni el propio Mariano Rajoy llamando indecente a su adversario, pero los tiempos cambian y no siempre a mejor, como hemos comprobado.

¿Fue Felipe un indecente por haber nombrado para su gobierno a personas que saquearon los fondos reservados o las arcas públicas de la Guardia Civil? Si lo fue, cosa que hoy nadie piensa, es algo que quedó en el subconsciente de los españoles porque ninguno de sus contrincantes se atrevió a decírselo en televisión ante millones de ojos atónitos.

La corrupción es algo que va ligado al poder, no a la oposición, razón por la cual afloraron casos gravísimos en la España socialista de los 90 tanto como en la popular de estos años 10 del siglo XXI.

Sánchez llevó siempre la iniciativa y marcó los temas y el tempo. No dejó completar a Rajoy ni una sola intervención sin interrumpirle a base de palabras, gestos o sonrisas que tenían el oportuno contraplano, pero ninguna llamada al orden del moderador.

Llevó sus acusaciones contra el candidato del PP a todos los terrenos, incluida la violencia de género, el yihadismo, Cataluña o los refugiados, asuntos alguno de ellos en los que se supone que comparte pactos de Estado con el Gobierno.

Intentó hacer ver a los españoles, portada histórica incluída, que en 2012 se rescató la economía española como se había rescatado la griega, la portuguesa o la irlandesa.

Insinuó que cien mil personas con dependencia han fallecido en los últimos cuatro años coincidiendo con los recortes de Rajoy en las asignaciones a la Ley de Dependencia. Dejó sin explicación su acusación de que Rajoy ha acabado con los derechos de las mujeres españolas para ser madres.

Pero su momento álgido era la descalificación. Tras escucharle resulta incomprensible que el jefe de la oposición haya liderado las preguntas parlamentarias de su grupo a un presidente indecente que ha estado causando un «coste para la democracia».

Si así ha sido, no debería haber esperado a un debate en televisión para hacérselo notar a los ciudadanos. Incluso más: debería haber acudido con los letrados del PSOE al Tribunal Supremo, donde el presidente es aforado, para denunciarle.

Sánchez se cargó el cara a cara al llevarlo al barro del estiércol político. Buscó la ofensa como método de resurrección rápida y fácil para su alicaída campaña, y logró el primer objetivo aparente, sacar de sus casillas al adversario. La casilla de las propuestas proactivas de su candidatura quedaba, mientras tanto, huérfana.

Rajoy perdió la iniciativa en el primer minuto del debate. Se limitó a contestar las acusaciones en cascada que le lanzaba su oponente, respondió al insulto con más descalificaciones como «ruin, miserable y mezquino», y solo muy tímidamente recurrió a ponerle ante su espejo con casos como los ERE irregulares de Andalucía.

Tampoco recurrió a los pactos del líder socialista con los radicales de extrema izquierda que ahora se disfrazan de cordero socialdemócrata. No echó mano de los pactos de alcaldes socialistas con independentistas que huscan romper España con el odio a los españoles como bandera.

Rajoy fue a la Escuela de Cine a empatar deslizando sus proyectos y propuestas y se encontró enterrado en el fango hasta las rodillas, intentando acertar alguno sus golpes en el rostro de un rival crecido e insultante.

Se podría jugar con el nombre del ganador colocando a los candidatos emergentes, a Susana Díaz o a Soraya Sáenz de Santamaría. Pero mejor que buscar ganador, lamentemos el perfil del verdadero perdedor de este debate: el ciudadano que el domingo decidirá quien gobierna en España.

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