Alguien que dijo haberse “emocionado” viendo cómo en un Rodea el Congreso varios manifestantes apaleaban a un policía

La tibia condena de Pablo Iglesias a la agresión de su ‘admirador’ a Mariano Rajoy le pasa factura

No es demasiado creíble cuando ahora habla de un “incidente”

Los podemitas se han manifestado en contra de la agresión a Rajoy en Pontevedra. Eso es un hecho. Pero la credibilidad del lamento está bajo mínimos porque los líderes de esa formación no han sido precisamente unos adalides del pacifismo. Más bien lo contrario.

Pablo Iglesias hace no mucho, en septiembre de 2012, se emocionaba al ver a unos manifestantes apaleando a un policía durante un Rodea el Congreso.

«Tengo que reconocer que me ha emocionado; a pesar de que no es agradable ver una agresión contra nadie, creo que expresaba una rabia que está creciendo» afirmó en su espacio de televisión La Tuerka.

Si ha cambiado de idea hay que celebrarlo pero es lógico dudar de la sinceridad de que también defendía al tal Alfon, el angelito que fue sorprendido por la policía con una mochila cargada de explosivo en una manifestación, juzgado con todas las garantías y condenado a cuatro años de prisión.

«Mientras los que quebraron los bancos disfrutan de impunidad, Alfon irá a prisión. Me parece una injusticia» decía el verano pasado a través de la red social, Twitter.

No se trata de ejemplos aislados. Hay muchísimos más. También en La Tuerka Iglesias hizo un alegato sobre el derecho de los ciudadanos a portar armas ya que, según decía, «la democracia es incompatible con el monopolio de la violencia por parte del Estado» de tal manera que «si la base del poder es la violencia, el pueblo no puede delegar el fundamento de la soberanía».

Estas tres afirmaciones, de entre otras muchas similares, serían suficientes para acabar con la carrera de cualquier otro político. Con este currículum a muchos se nos antoja difícil, por no decir imposible, creer que Iglesias lamente de verdad la agresión sufrida por Rajoy. Su margen de credibilidad está agotado y ha perdido el beneficio de la duda.

Y más aún si vemos la reacción de condena, tan tibia que casi resulta fría. A lo máximo que ha llegado es a decir que «ojalá no vuelva a ocurrir un incidente tan desagradable como este».

Incidente no parece una palabra demasiado afortunada para describir lo ocurrido; casi le hace parecer algo fortuito, algo así como un ¡vaya por Dios, qué mala suerte ha tenido Rajoy! O, en todo caso, algo menor. Pero el colmo es calificar de «desagradable» la agresión.

Desagradable es que un coche te empape al pisar un charco o pisar una caca de perro. Pero que te den un puñetazo en la cara va mucho más allá. Y más si el que lo recibe es el presidente democráticamente elegido.

Hay que reconocer que el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, fue más contundente que su jefe al afirmar que «condenamos la agresión cometida esta tarde contra Mariano Rajoy.

En democracia no hay lugar para la violencia». Lo que le ocurre es lo mismo que a coleta morada, que cuesta creerle.

De hecho, si nos remontamos un par de años atrás el propio Errejón escribió un tuit (ya lo ha borrado, por supuesto) en el que sólo se leía «#ACAB». Seguramente a usted eso no le dice nada pero los ultras, radicales y antisistema saben perfectamente que es el acrónimo de «All Cops Are Bastards», es decir, «todos los policías son unos bastardos».

Y no me resisto a traer aquí el tuit de un individuo que hoy día es concejal del Ayuntamiento de Madrid, Pablo Soto. El, que pedía pasar por la guillotina a Gallardón, resulta que también escribió sobre Rajoy en unos términos que vienen al pelo tras lo sucedido y merecen una reflexión…

«De vuelta a Madrid tras 2 semanas por Turquía, Grecia, Italia… Muy decepcionado con todos vosotros porque Rajoy sigue vivo».

Es de suponer que Soto estará, desde este miércoles, un poco más contento.

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