Fernando Jauregui

¿Es Rajoy el cambio, la nueva era?

Los españoles acudíamos a votar este domingo con la sensación de que, en medio de la incertidumbre patente, será Mariano Rajoy, es decir, el Partido Popular, es decir, quien está gobernando hasta el momento, quien iba a alzarse con una victoria que sería precaria y, en todo caso, un descalabro con respecto a los magníficos resultados obtenidos el 20 de noviembre de 2011. En las sucesivas elecciones parciales -europeas, andaluzas, autonómicas y municipales, catalanas_ocurridas en los últimos dos años y medio, el PP ha ido perdiendo votos, escaños autonómicos y poder territorial, pero ha salido lo suficientemente indemne como para volver a ser el primero en la carrera. Algo que, hay que insistir, ya se sabía a través de las encuestas, como se calculaba que esos votos y esos escaños no iban a bastar a Rajoy para repetir su gobernación en solitario de este cuatrienio. Es obvio que acabó el bipartidismo y acabaron, quizá para mucho tiempo, las mayorías absolutas.

Lo importante ahora, más que los resultados, que serán más o menos sorprendentes para los lectores, y desde luego para quien suscribe, es saber qué van a hacer con nuestros votos. En las pasadas elecciones municipales y autonómicas, muchos electores pudieron sentirse defraudados ante lo que algunos partidos hicieron con su sufragio: pactos imposible que nada tenían que ver con los programas con los que determinadas formaciones acudieron a las urnas. En no pocos casos, la votación a unas siglas consolidó lo que el elector trataba de evitar, por ejemplo, la permanencia en su puesto de un determinado alcalde, o el ascenso, con votación minoritaria, de otro.

Así que la primera conclusión que habría que sacar de estas elecciones es la urgencia de reformar, no como hasta ahora para consolidar el bipartidismo y castigar a los ‘terceros’, la normativa electoral. No puede ser que un partido saque menos escaños que otro que ha obtenido menos votos. No puede ser que un escaño valga cien mil votos en una circunscripción (provincia) y veinte mil en otra, porque, entre otras cosas, la circunscripción no debería seguir siendo la provincia, si de verdad queremos cohesionar territorialmente a España de una forma más equilibrada. No puede ser que las candidaturas sigan cerradas y bloqueadas. Ni puede proseguir esa absurda prohibición de publicar encuestas desde cinco días antes de unas elecciones, porque todo el mundo se salta a la torera una normativa absurda y, por tanto, incumplible en estos tiempos de Internet. Ni tiene sentido alguno una jornada de reflexión que muchos aprovechan para arrimar el ascua a su sardina. Ni podemos continuar sin una normada limitación de mandatos, etcétera.

No es este el momento para detallar por dónde habría de ir esta reforma, a mi entender la primera que marcaría esa nueva era en la que todos dicen, y yo el primero, que estamos entrando. Pero es obvio que una legislación que favorece la gobernación de extraños compañeros de cama -que no tienen por qué ser el más votado, es decir, una situación ‘a la portuguesa’_tiene que ser matizada: claro que sí a la formación de mayorías parlamentarias, pero lo urgente es asegurarse de que los electores no queden defraudados y hala, hasta dentro de cuatro años y si te he visto, por ejemplo, haciéndome un ‘selfie’ contigo por las calles, no me acuerdo. No; la democracia se construye día a día, no elección a elección.

Ahora toca reflexionar si esa nueva era puede o debe ser conducida por la misma persona y las mismas siglas que han protagonizado la vida política desde aquel 20-n de 2011. ¿Puede Mariano Rajoy encabezar la renovación, bien solo o con la cooperación de otra/s fuerza/s política/s? Veremos si Rajoy, que la verdad es que hizo una buena campaña, desmintiéndose a sí mismo, logra no morir del éxito insuficiente. Pero los candidatos a ocupar el sillón de La Moncloa deben, urgentemente, hacer lo que no hicieron durante la campaña: detallar, con pelos y señales, de forma lo suficientemente creíble y convincente, lo que piensan hacer en punto a reformas legislativas, Constitución incluida, qué soluciones para el embrollo catalán, que el próximo domingo va a experimentar un nuevo giro (seguramente, para mal), cómo afrontar las exigencias europeas sobre el déficit, cómo actuar en la guerra contra el islamismo, cómo lograr los prometidos -o no_puestos de trabajo dignos que saquen a la tercera parte de la población del marasmo, qué reformas poner en marcha ya en las administraciones central, autonómica y local… Y, desde luego, cómo profundizar y mejorar nuestra democracia, para lo cual esa reforma electoral resulta, entre otras muchas cosas, como la modificación del sistema de elección de jueces, del fiscal general, de los cargos en los medios públicos, entre otros ejemplos, imprescindible.

Si todo esto no se pone en marcha ya en los próximos seis meses, esté al frente del Gobierno quien esté, no habrá habido cambio, ni nueva era, ni nada. Si, por el contrario, se camina de manera decidida hacia todas estas reformas, y algunas más que harían interminable este comentario, habremos entrado en la era del Cambio con mayúscula. Aunque el piloto sea el único que peina canas y haya cumplido los primeros seis decenios de su existencia. Lo importante no es cómo se hayan llenado las urnas, sino para qué hemos llenado las urnas tal y como las hemos -los electores siempre son sensatos, aunque a veces no lo parezcamos del todo_llenado.

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