Santiago López Castillo

El espejo del alma

El espejo del alma
Santiago López Castillo. PD

Ahíto de tanto discurso vacuo y de tanta hojarasca de estercolero, suelo divertirme con la compaña o cohorte del líder. Sabes que son del mismo equipo porque le rodean, y le ponen en el centro, que no es que lo centren, y porque le soban, le besuquean y le dan palmaditas en el lomo. Juego, ante el televisor, consciente de la naturaleza de las huestes a si, por ejemplo, la basca de Pablo Iglesias rodeara a Rajoy. Con sus coletas y sus canesús, sus barbas ralas, sus piercings y sus mochilas que todo lo pueden. Río para mis adentros y para mis afueras porque todavía uno es libre ante la extrañeza de mi perro «Niebla» que observa desde el sofá. ¿Y la basca del líder del PP acompañando al Coleta? Hombre, que no cuela, oiga. Los pijos con los pijos y las pijas con las pijas. Los collares y los abalorios de las sentadas para las manifestaciones callejeras con banderas republicanas más los aplausos orquestados que en lugar de titularse Podemos deberían proclamarse Aplaudimos porque se pasan el mitin dando palmas y olé. Asimismo, en estas pandas suelen infiltrarse algunas especies esnob como la tal Carmen Lomana que se siente hooligan del líder bolivariano y la indigencia a base de pan y agua pero con esencia de Carolina Herrera, siempre nutritiva.

Los demás del espectro político, al decir de los cursis, son de uso pret a porter.
– ¿Y qué opina usted de Albert Rivera al que usted llama El Niño de la Bola?
– Es por su permanente estado beatífico. Lo tengo en una estantería de ornamentos religiosos de mi casa, lo compré en Viena, ciudad muy dada a su devoción. Pese a ello, nunca se sabe si te beneficiará o se hará el sueco y te dejará en desamparo.
– Vamos, como el que no se sabe si sube o baja.
– Como Rajoy, si usted quiere.

Lo difícil de hallar es la interioridad del alma. Y no hay camisetas de felpa que te protejan. Uno ya está muy escocido de palabras y palabrerías porque la vida empuja pero jamás advierte por dónde. Ese es el dilema que tiene España, que no aprende. Que le da igual doce que ochenta. Que no escarmienta en cabeza ajena ni en la suya propia. Dos crisis de caballo que hubo en este país, resueltas por dos gobiernos de centro derecha, el centro izquierdo, como los medios-centro en el fútbol, lo luce en su dorsal Albert Rivera, no invitan, a lo que se ve, a reflexión. Qué más me da, que me da lo mismo. Y tiro porque me toca.

La escala de valores es como subir al cielo.

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