Jordi Rosiñol Lorenzo

Reflejo de la Navidad

Reflejo de la Navidad
Jordi Rosiñol Lorenzo. PD

En la hasta hace poco hermética ciudad del vaticano, con el silbido de una suave brisa se inunda con la firmeza de un vendaval cada una de las estancias de tan solemnes edificaciones, abriendo las ventanas con la urgente necesidad de ventilar la impropia lejanía de lo divino con lo humano, la iglesia, es decir la humanidad, iglesia sinónimo de la casa de todas y cada una de las personas se encontraba aislada de la realidad, alejada de su cercana misión en el mundo, sonrojante comparar el trabajo, esfuerzo y sacrificio realizado por los miembros de las misiones clericales en cualquier parte del mundo, desde la profunda y castigada África, hasta cualquier barrio de nuestro llamado primer mundo, con el triste halo despótico que emanaba de las exiguas rendijas del vaticano.

Una ardua tarea se cierne sobre la institución más importante del mundo desde hace dos mil años, una tarea que legiones de seres humanos no serían capaces de llevar a cabo con éxito, y que sin embargo recae en los hombros de un solo hombre, una figura cargada de entrañable humanismo y ternura, una sonrisa amable que no cercena un ápice la fuerza decisiva para acometer su obra, sin duda una profunda y necesaria obra guiada por Dios, si cualquier creyente hubiera de elegir un rostro, un icono que identificara su iglesia, la iglesia que llevan en su alma, sin duda ese rostro sería el del Papa Francisco, que poco sabia Jorge Mario Bergoglio cuando vio la luz por primera vez en su buenos aires natal que sobre sí, iba a recaer tanta responsabilidad, que iba a ser el elegido para guiar al rebaño en la senda de la paz y la concordia en un siempre difícil mundo.

No han pasado todavía tres años del cónclave coronado con la fumata blanca que tiño el cielo de Roma de la esperanza de una nueva era cristiana, y en tan corto espacio de tiempo su Santidad, el Papa Bergoglio se ha convertido en el personaje más influyente del siglo XXI en el mundo, sus primeros gestos de austeridad son el reflejo de Jesucristo en su persona y el preludio de su ingente obra, ha sabido este tiempo lidiar con la problemática humana, acercándose y compartiendo la pragmática realidad de los problemas mundanos del día a día de las personas, y abriendo los brazos aquellos colectivos hasta ahora rechazados o obviados por la Santa Sede, distanciándose claramente de la acomplejada hipocresía de las jerarquías vaticanas, unas jerarquías que también están siendo tamizadas por la criba de la honradez que encarna, y es así como nunca mejor dicho gracias a Dios, el Papa Francisco está demostrando que todos somos hijos del creador, y por tanto somos receptores de su amor infinito y eterno.

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