Santiago López Castillo

La soledad por compañera

La soledad por compañera
Santiago López Castillo. PD

Durante estos días, me han acuciado las llamadas para compartir mesa y mantel en fiestas tan señaladas. He dicho que no se esfuercen porque yo elijo mis anfitriones y mis compañías. Lo he pasado junto a mi perro «Niebla», mi golden divino, que ha tenido como entrantes y salientes chuches de lo más sabroso y después una buena dormivela que amanse los espíritus. El correo del móvil ha transmitido la felicitación del fisio, la prima lejana, el vecino de enfrente y a todo esto sin aguinaldo como era tradición en tiempos idos con el cartero y el sereno llamando a la puerta. He dejado sonando RNE clásica mientras quitaba la palabra a esa recua de programas zafios, de marujonas menopaúsicas, con risas despendoladas y refajos caídos. «Niebla» se me ha quedado asintiendo desde su mirada de ojos con pestañas rubias y solamente hemos escuchado el discurso del Rey que tuvo una audiencia de 6,6 millones de telespectadores, para el caso que le hacen.

Llevo unos seis años teniendo por compañera a la soledad, que es la más fiel de la creación. Clamo en el desierto, al parecer, cuando afirmo que el precio de la independencia es la soledad. Yo no soy nadie, pero Picasso lo rubrica sin sonrojo y esculpo su frase de «nada puede hacerse sin soledad»; la que sedimenta los posos del alma y hace germinar la minúscula simiente de la obra por la que uno no debe arrepentirse a la hora de la muerte. Y no vayan a creer, servidor no es nadie, que yo he sido un redomado eremita por afición sino por convicción, como deduce el soldado, el bombero o el mamporrero de caballos. He disfrutado de estas y aquellas otras Navidades en Río de Janeiro, en lugares exóticos y esquiando de noche en la nieve ibérica y de los Alpes. Lo cuento en mi libro de próxima aparición y que recoge andanzas, gozos y sombras, pocas, en honor a la verdad, sobre las lúdicas fiestas vividas siempre en compañía del sentimiento religioso.

Debo añadir, por último, y reforzando la tesis de este comentario, que la soledad acompaña más que ninguna otra situación. Y lo dice asimismo Cela en sus postrimerías del alma, o sea, su vida, cuando, en honor a la verdad, porque le conocí bien, detestaba no estar acompañado, y sentirse rodeado de propios y extraños. Otra cosa era la adulación que siempre edulcora la boca pero no el amargor. «Es saludable y reconfortante -concluía el Nobel- sentirse independiente y no hocicar ante las tentaciones y los cantos de sirena de los falsarios».

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