Fernando Jauregui

El Reino de los silencios, este Reino nuestro.

Vivimos una etapa de confusión casi total. Los propios encargados de aportar claridad a nuestra vida política –y, por tanto, a todos los órdenes de nuestras vidas– son los que más confusión introducen, gracias a sus propias limitaciones, ambiciones y errores de cálculo y de estrategia. Una de las cosas que más me ha llamado la atención en las últimas horas ha sido ese ‘descubrimiento’ por parte de Artur Mas de que el proceso que él aún parece que quisiera encabezar no se puede hacer con «la hiperrevolución de las superizquierdas», refiriéndose a la CUP.

¡El, que estaba dispuesto a encabezar una ‘República anticapitalista’, con tal de obtener el apoyo de los ‘antisistema’ de esa CUP! Todo, todo, se ha salido de madre, en Cataluña, que va hacia un proceso autodestructivo que solamente se puede enmendar con unas elecciones que ofrezcan un resultado diferente al de hace catorce semanas… Y también en el resto de España, donde parece que nadie quiere dar los pasos definitivos que conduzcan al desbloqueo de una situación muy peligrosa para la economía, la imagen exterior y la propia autoestima del país.

El caso es que, en sus comparecencias, Mariano Rajoy parece querer dar algunos tímidos pasos hacia lo que debería haber abordado hace mucho y, sin embargo, lo ha ido aplazando por un mal cálculo de los tiempos: el diálogo, la concertación y la reforma pactada. Pero no nos dice (aún) qué reforma es esa, hasta dónde tiene que llegar, contando con quiénes y en qué puestos. Porque no me parece que sea un mero ‘detalle’ (Rajoy ‘dixit’) el hecho de que invite, o no, a Pedro Sánchez a ser vicepresidente del Gobierno, o a Albert Rivera a ser ministro de la Presidencia o a Duran i Lleida, pongamos por caso, ministro de Exteriores.

Como tampoco me parecería un ‘detalle’ que accediese a que un dirigente de otro partido ajeno al PP, por ejemplo el socialista Patxi López, ocupase la presidencia del Congreso de los Diputados. Insistir en que, como se ha hecho siempre, el presidente tiene que ser un miembro del partido ganador, es contradecir la sabia máxima de Einstein: ‘si quieres hacer cosas diferentes, no puedes hacer lo mismo de siempre’. Lo que hace falta saber es hasta dónde cree Mariano Rajoy en el cambio que, evidentemente, pide el conjunto de los votantes, no solamente ‘sus’ votantes: esa debería ser la filosofía que inspirase las acciones del presidente en funciones si de veras quiere dejar de estar en funciones.

Y lo mismo se le podría decir a Pedro Sánchez, que este jueves marcha a Lisboa, donde los socialistas, en coalición con otras fuerzas de izquierda, gobiernan tras haberse coaligado contra el centro-derecha que ganó las elecciones del pasado mes de octubre. ¿Es un mensaje subliminal ‘ a los de casa’, en el sentido de que él pretende hacer lo mismo, aliarse con otras fuerzas de la izquierda, pongamos Podemos y ERC, para poder llegar a La Moncloa?

La verdad es que, hasta el momento en el que se escribe este comentario, Sánchez ha estado, lo mismo que Albet Rivera, que este jueves ha anunciado que romperá su silencio, bastante poco comunicativo. Hasta el punto de que ha sido una figura relativamente secundaria, como el portavoz parlamentario del PSOE, Antonio Hernando, quien ha anunciado que ‘no y no, y no es no’ a la mano tendida por Rajoy a favor de eso que nadie oficializa verbalmente, pero que sería, una gran coalición.

Bueno, la verdad es que el propio Pablo Iglesias, otras veces locuaz, ha querido emular a sus mayores rechazando hacer declaraciones a mis compañeros de la prensa cuando fue, el martes, a recoger su credencial parlamentaria, cartera de diputado (que no aún mochila, que es lo que él dice que querría) incluida. Eso, el desplante a los micrófonos, es precisamente la Vieja Política…

Yo diría que incluso el propio Rey participa de esta ceremonia de los silencios, o de no decir explícitamente lo que se quiere decir y/o se está hablando tras las bambalinas. Su discurso con motivo de la pascua Militar -es verdad que visado y quizá elaborado por el Gobierno– estuvo, como el larguísimo prólogo del ministro de Defensa, dirigido exclusivamente a las Fuerzas Armadas.

Cierto, era en su día; pero aquí están pasando muchas otras cosas que, entiendo, reclaman la atención del jefe del Estado, que es una de las mejores bazas que, me parece, aún nos quedan a la espera de que todos recuperen el buen sentido que jamás debieron perder. Por omitir, hasta omitió hacer un enérgico llamamiento a la unidad territorial. Y conste que no digo que se deban mezclar unas cosas con otras, porque apañados estaríamos si a alguien se le ocurriese citar expresamente, aunque sea por pura casualidad, ‘ ejércitos’ y ‘Cataluña’ en una misma frase.

Vade retro; no, lo único que digo es que la figura del Rey concita tal cantidad de consensos en su entorno, tantas simpatías y adhesiones, que no nos podemos permitir desaprovechar ni una sola ocasión de las escasas en las que se dirige, con un mensaje de tono político, a la ciudadanía. Y hay, dentro de prudencia que caracteriza siempre a Felipe VI, muchas palabras para transmitir a los ciudadanos ávidos de ellas, y a quienes pretenden representarlos desde el poder, algunas ideas clave, que creo que el jefe del Estado las tiene bastante claras.

Porque estamos, en medio de tantos silencios ocultos bajo la incesante palabrería hueca, ante unos días que son clave para el futuro de la nación. Ignoro si Artur Mas logrará convencer, antes del domingo, a un par de tránsfugas de la CUP para que, en última instancia, del un ‘tamayazo’ y apoyen su candidatura a presidir la Generalitat; espero que no, porque Mas, lo he dicho muchas veces desde hace muchos años, no es digno de ocupar ese cargo, sea en una Cataluña formando parte de España, sea independiente; la corrupción, el desorden y la falta de talento político le acompañan allá donde vaya.

Lo único que se puede pedir es que quien le sustituya para gestionar el follón catalán no sea aún peor Espero, ya lo he dicho, que una nueva convocatoria electoral catalana sirva para reagrupar a los constitucionalistas, a ver si se enteran ya de que esas elecciones no serán autonómicas, sino aún más plebiscitarias que las del 27 de septiembre, y que en Cataluña ya no hay izquierda y derecha, sino independentistas y no.

Lo mismo que en el resto de España, si se me permite decirlo una vez más: ¿o es que alguien cree que el problema para no llegar a acuerdos entre las formaciones políticas, y por tanto sacarnos del embrollo, está en la política fiscal o en la reforma laboral, por poner dos ejemplos?¿caso en emplear la palabra ‘federal’ para definir lo que de hecho es ya federal, o equivalente?

Pero ya digo: aquí, el caso es que nadie pone las cosas en claro, prefiriendo silencios clamorosos a base de tópicos, frases en teoría políticamente correctas y naderías. Haciéndonos pensar en la justeza de la cínica frase de Romanones, «en política, cuando digo jamás, quiero decir ‘hasta esta misma tarde».

De esta manera se nos pasan semanas cruciales para la inversión, la reforma, la tranquilidad y la seguridad ciudadanas, espetando a ver cuándo y cuánto cambian los vientos de la palabrería de los actores de este ¿drama? ¿tragedia? ¿comedia? ¿sainete? Defínalo usted mismo. Así, en todo caso, no avanzaremos y la indeseable cita con las urnas, en primavera, para repetir, unas legislativas, será un nuevo fracaso colectivo, del Rey abajo, todos.

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