Santiago López Castillo

Consenso para la golfemia

Consenso para la golfemia
Santiago López Castillo. PD

Guardo de mi amigo Cela (soy muy celiano, no sé si se me nota) un artículo que publicó en «ABC» el 9 de diciembre de 1994, que llevaba por título «Consenso para la golfemia». Su reproducción íntegra ahora no excedería ni una sola coma y hoy sería un idéntico calco de aquella situación en la que gobernaba, quiero recordar, Felipe González. No conviene dar nombres de aquel andurrial que terminó con los huesos de algún ministro en el penal y que muchos socialistas, anclados en la pulcritud y decencia, mismamente Sánchez, no recuerdan. En mis quehaceres como cronista parlamentario, que frisé hasta casi 40 años en el duro banco de la política, se han hecho no pocos escarceos para enmendar la plana de tantas corruptelas, a las que se sumó, inevitablemente, el PP tras los escandalosos asuntos no yéndole muy a la zaga los ERES de Andalucía.

De forma premonitoria, C. J. C. advertía en 1994 que si la corrupción -económica, financiera o moral- se extendiera por los más diversos confines, tanto el individual como el institucional, llegaría a hacerse usual y consuetudinaria y entonces estaríamos perdidos. «Preconizo -añadía Cela- la búsqueda de un consenso para la golfemia. Pactar para evitar la corrupción, ese caduco subterfugio de ancianos sin vocación política, ejercicio del poder entendido como un pulso del Estado contra contribuyente, como un pugilato entre el Gobierno y quienes lo defienden y la oposición y quienes la apoyan con mayor o menor ímpetu literario».

Y de forma contundente, el ex senador y literato proponía el consenso para la golfemia: «Reúnanse los socialistas, los conservadores, los liberales, los nacionalistas, los comunistas, todos y sin dejar a nadie fuera, y pacten, si son capaces de hacerlo, una vía de solución al problema: desde la cárcel hasta la huida de la memoria con todos los estadios imaginables y posibles». Para concluir diciendo: «Pasemos la esponja sobre nuestras dudas e incluso sobre nuestros rencores, sobre nuestra vergonzosa y punto menos que pintoresca pizarra política, y no hurguemos más de lo necesario en nuestras propias o ajenas debilidades».
Concluyo desde la experiencia: no todos los políticos son corruptos y si los hay son en menor medida sentenciados por los telediarios, qué puñetas, mandando para sus casas a los culpables.

– ¿Y a usted nunca le han sobornado?
– Sí. Un romántico senador extremeño apellidado Cansinos, que quería le pusiera unas imágenes favorecedoras. De galán. Gastaba lacito a lo oeste y se creía un sherif y se paseaba por la Alta Cámara haciendo tintinear las espuelas. Se había confundido de escena. Se creía que estaba en los Estudios Bronstons.

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