Andrés Aberasturi

La crisis de la crisis

La crisis de la crisis
Andrés Aberasturi. PD

Estamos viviendo horas de confusión porque por primera vez en la vida de todos asistimos a un espectáculo nuevo, al estreno de una Historia que jamás habíamos contemplado y no sé si asusta más que sorprende o justo al contrario.

Esto debe ser la crisis de la crisis, el manido paisaje después de la batalla cuando ni siquiera la batalla ha concluido y hasta no es descartable que se recrudezca la misma guerra en forma de una nueva crisis que sería infinitamente más dura.

Tampoco esta situación, por no vivida, debe sorprendernos más allá de lo necesario. La Historia del Siglo XX es sencillamente atroz, casi incomprensible, con el crac del 29, con dos guerras mundiales, la perversión absoluta del nazismo y del estalinismo y una guerra fría que nunca estalló gracias a lo que se dio en llamar el «equilibrio del terror», casi nada.

Y en nuestro país el desastre continuó con una larga dictadura que se encargó de ahondar aún más el mito de las dos Españas. El panorama de nuestro pasado inmediato no es pues en absoluto tranquilizador y muchos intelectuales ya había anunciado que la tercera guerra mundial sería entre Oriente y Occidente. Y así está siendo.

Pero pese a todo vivimos aferrados al presente, a lo más inmediato y discutimos horas y horas y elevamos a categoría la anécdota de las túnicas de los Reyes Magos en una cabalgata o nos enfrascamos en largos debates para diferenciar religiosidad y tradición.

Pero por encima de todo lo casi banal, tenemos un trozo del país que quiere independizarse (no todos, claro, ni siquiera la mitad pero son los políticos quienes atizan el fuego) y un Parlamento con cuatro partidos que ahora se pelean por ocupar los mejores despachos o los asientos más a la izquierda.

Tenemos algunos gobiernos municipales y autonómicos que resultan por lo menos pintorescos y que hacen y dicen cosas sorprendentes. Tenemos al viejo Partido Socialista en una encrucijada sin salida y a los jóvenes emergentes de Podemos que van cambiando su discurso radical por otros varios que se acomoden más y mejor al gran objetivo que es «pillar poder».

Tenemos a Ciudadanos que bajo el amplio paraguas del diálogo con todos pretende ser el padrino y el niño en el bautizo. Y tenemos a un PP que, como todos, está dispuesto ahora a lo que hace tres meses era innegociable, incluso cambiar la Constitución.

Las democracias son raras y naturalmente imperfectas aunque a estas alturas no se haya inventado ningún sistema mejor. El problema, como se ha venido denunciando tantas veces, es el cambio sutil de la palabra y de los protagonistas: una cosa es el pueblo y otra los partidos y nuestra democracia hace tiempo que derivó en una partitocracia a dos voces que se ha convertido de pronto en un cuarteto. Y no sabemos qué hacer. Pues no hagamos nada.

Hay presupuestos y tiempo para discutir, pactar, negociar. Sólo sería exigible una cosa: que ninguno de los protagonistas en liza pierdan la dignidad hasta el extremo que otros la han perdido. Si de verdad les importa la voluntad de los ciudadanos, dejen de pelearse por los despachos con vista y siéntense para sacar a este país de la crisis de las crisis.

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