Antonio Casado

Arsénico en celofán

Arsénico en celofán
Antonio Casado. PD

 Sólo quedaban dos salidas: candidato a estrenar o repetición de las elecciones. Y en el chalaneo de última hora Junts pel Si tuvo que asumir las condiciones de la CUP: un candidato a estrenar, con salida sin gloria del hombre de los recortes y la corrupción.

Así, al número cuatro de la lista de JpS por Barcelona le sustituyó el número tres de la lista por Gerona.

Al fraude democrático de proponer a quien no encabezaba la lista, aunque sí se le presentó como único aspirante a la presidencia de la Generalitat, se ha sumado el fraude mayor de proponer por vía de chalaneo a un aspirante a la presidencia de la Generalitat que, como tal, no ha pasado por las urnas.

Nada extraño, por otra parte, en un fantasioso asunto regido por las caóticas leyes del ensueño separatista («somiar truites», soñar tortillas, hacer castillos en el aire, como dijo Mikel Iceta).

Llamado, por tanto, a estrellarse contra la cruda realidad. De eso podemos estar seguros. Tanto como de los dolores de cabeza que va a seguir ocasionando allí donde la realidad política y social se configura sobre sus tres grandes vectores: la ley, la voluntad mayoritaria de los catalanes -más de la mitad- y el sentido común.

El reconocimiento fue explícito por parte de Artur Mas. Según el ya ex presidente de la Generalitat, era preferible la negociación por debajo de la mesa antes que acudir a las urnas.

O sea, mejor un apaño con nocturnidad que un pronunciamiento democrático de mal pronóstico para los independentistas. Con nuevos actores, nuevos guiones y una ciudadanía hastiada, con clara tendencia al desistimiento, que sigue preguntándose quien tiene la culpa de la época más negra y más absurda de la política catalana.

Miedo a las urnas, se llama eso, tal y como recordaron a la nueva estrella del independentismo incluso los portavoces afiness (Jordi Turull, de Junts pel Si y Anna Gabriel de la CUP) en la sesión de investidura a Carles Puigdemont el domingo por la tarde.

Todo por la patria. Un lema que abraza con pasión el nuevo president, hasta el punto de acumular una sólida experiencia en poner las instituciones -los ayuntamientos, en este caso-, al servicio de la causa de la Cataluña una, grande y libre.

Nada que ver con la imagen de moderación que quiso proyectar tanto en su discurso inicial de investidura como en las réplicas a los portavoces de los grupos representados en el Parlament. También en eso se parece a Artur Mas, el sacrificado conductor de la marcha hacia la tierra prometida.

Puigdemont, el nuevo conductor en la persecución del sueño, vende arsénico envuelto en celofán, pero deja muy claro que pone rumbo de colisión con ese Estado que, según escribió en una red social, «es una cloaca».

Una opinión personal que no deroga en absoluto la obligación que tiene ese Estado de ejercer su derecho a la legitima defensa.

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