Santiago López Castillo

Los inmigrantes

Los inmigrantes
Santiago López Castillo. PD

Quién dijo aquello de que vengan todos, hombres también, en tono curilla. Bueno, pues aquel animador de serpientes estaría hoy, por lo menos, en las aguas del Rhin. Si el pueblo alemán siempre ha mostrado cierta reticencia a la entrada extranjeros, con motivo de los disturbios de Colonia, esa venerada ciudad catedralicia, única, incomparable, está hoy en pie de guerra tras las más de trescientas denuncias -en gran número, violaciones-. En seguida, es lo fácil, se va a la reacción de la ultra derecha; hombre, no veo yo de nuevo a los nazis aunque algunos nostálgicos lleven tatuada la esvástica en el culo. ¿Y por qué no se analiza con cierto rigor científico el fenómeno migratorio? En este sentido, es algo parecido a lo que las costas españolas sufren con las permanentes pateras cuyos máximos responsables son la Guardia Civil y la Policía Nacional, vengan oenegés y demás organizaciones humanitarias, muchas con intereses espurios.

A los violadores, pederastas, delincuentes y gentes de mala yerba hay que llamarles por su nombre y no a los lícitos vigías que los combaten. El territorio Schengen fue un gran logro de la Unión Europea, pero sin imaginar que este espacio sin fronteras consistiera en manga por hombro. He viajado por casi todo el mundo y mucho más mi amigo y compañero de TVE Pedro Horcajuelo. En los países asiáticos te ponen de patitas en la calle, son como eran, comunistas, y a callar. En Alemania, me tocaron los cojones en aras de la seguridad y contra el terrorismo y me despidieron con un educado saludo en la sien.
La permisividad se está acabando y no va haber otro remedio que obligar a los inmigrantes, en cuyo calificativo se agolpan las mafias, la delincuencia, la canalla, en suma, a que acepten nuestras conductas y que la ley sea de obligado cumplimiento no sólo para beneficiarse de ella o para alterar la vida occidental a base del integrismo islamista. Ya lo advirtió Oriana Fallaci cuando escribió aquel premonitorio libro titulado «Eurabia». Es de lamentar que los gobiernos no hagan excepciones cuando los refugiados políticos de verdad huyan de sus países en guerra como es Siria pero las infiltraciones con fines perversos obligan a adoptar drásticas medidas.

He comprobado -sin ninguna sorpresa- que feminista española alguna haya protestado por los abusos sexuales en Colonia, perpetrados, según parece, por iluminados islamistas ni tampoco por los hechos terroristas de Francia. El Islam, como cualquier religión que exceda el fanatismo, debe someterse al Estado de Derecho que implanten las naciones democráticas. Dejémonos de eufemismos y buenas palabras y plantemos cara a los sinvergüenzas.

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