En nombre de una falsa corrección política

Mujeres ultrajadas, violadas e invisibles

Resulta que para nadie extienda la sombra de sospecha de la xenofobia es mejor ocultar la información o darla en un lugar tan irrelevante que no sea objeto de polémica

Mujeres ultrajadas, violadas e invisibles
La artista sueca Milo Morie protesta contra las agresiones sexuales en Colonia. EP

Casualmente el pasado día 1 de enero de 2016 estaba con mi familia en Colonia. Hacía apenas unas horas que se habían producido los abusos masivos a mujeres allí y en otras ciudades alemanas, sin que ni los periódicos ni la televisión ni los medios de comunicación hicieran alusión al asunto.

Me enteré del tema casi dos días después por internet y la noticia se seguía reflejando de manera menor en los medios. Pensé que al llegar a España, apenas tres días más tarde, nuestros periódicos habrían dado toda la información al respecto y me encontré con la sorpresa de que también en nuestro país el tema había tenido una consideración menor.

Me pregunto, indignada ¿por qué ha ocurrido algo así? Y más todavía, sabiendo que los abusos masivos se ha producido en otros lugares de Europa y también se han censurado convenientemente.

La explicación que se da es que, en el caso de los medios de comunicación alemanes tardaron días en mencionar la participación de extranjeros-, de origen musulmán y algunos sirios solicitantes de asilo- seguramente para no ser percibidos como xenófobos.

¡Alucinante! Resulta que para nadie extienda la sombra de sospecha de la xenofobia es mejor ocultar la información o darla en un lugar tan irrelevante que no sea objeto de polémica.

De momento el único que ha pagado las consecuencias de esta «merdé» política y mediática ha sido Wolfgand Albers, el cesado jefe de la Policía Local que ocultó la participación de refugiados en los asaltos, a pesar de que sus agentes habían reunido pruebas de la implicación de solicitantes de asilo sirios.

Seguramente, el policía recibió órdenes y en nombre de una falsa corrección política las acató sin rechistar y su disciplina le ha costado el cargo.

Aquí no se trata de que Europa dé la espalda a los refugiados que huyen del terrorismo islámico, las decapitaciones y los bombardeos diarios, ni se trata, en absoluto, de poner fronteras al mar, algo imposible cuando se huye del hambre y la desesperación. Se trata de que todos y también los que llegan tienen derecho y obligaciones y por supuesto las leyes de los países de acogida están para cumplirlas.

«Sentí muchas manos tocando mi pecho, mi entrepierna. Luego de repente una multitud me arrancó la ropa dejando mi torso al aire y me violaron».

Este fue el relato de la periodista estadounidense Lara Logan en la plaza Tahir del Cairo la noche del 11 de febrero de 2011, el día que el dictador egipcio Mubarak renunció al poder, y no fue la única.

Entre 250 y 300 mujeres fueron agredidas sexualmente, muchas violadas durante las concentraciones en la plaza que simbolizó la primavera árabe, y el patrón de esas agresiones y las que están ocurriendo ahora en Europa es muy parecido: hombres divididos en grupos forman un círculo en torno a la víctima y una vez aislada le roban, agreden y si se tercia la violan.

Tras el escándalo de las agresiones sexuales en Colonia y otras ciudades alemanas donde ya se han presentado en total cerca de 1.000 denuncias por hechos de nochevieja, Suecia descubrió ayer que la policía de Estocolmo ocultó decenas de agresiones contra jóvenes acaecidas en el festival juvenil We are Sthlm que cada verano se celebra en la capital, tanto en la edición de 2014 como en la del año pasado.

Así lo publicó el diario ‘Dagens Nyheter’ (DN) que ha tenido acceso a un memorando interno de la policía. Según éste, bandas de jóvenes afganos acosaron a niñas y adolescentes, 12 de las cuales lo denunciaron. Las fuerzas del orden del festival identificaron a más de 50 sospechosos de estos ataques y en los cinco días que dura este festival, celebrado en la céntrica plaza de Kungsträdgarden, aproximadamente 200 jóvenes fueron expulsados.

Asimismo, los organizadores del festival explicaron al diario que si bien se ha dado algún caso de acoso sexual en todas las ediciones, ya en 2014 comprendieron que las bandas de chavales actuaban coordinados de forma deliberada. Sin embargo, la Policía omitió esta información y, una vez concluido el pasado agosto, se limitó a resaltar que hubo «relativamente pocos delitos y pocos detenidos teniendo en cuenta el número de participantes».

El rotativo recoge, sin embargo, el testimonio de una chica de 15 años llamada Anna que relata cómo tanto ella como sus amigas fueron sobadas «por debajo de la ropa» repetidamente sin que nadie las ayudara, y confirma el origen étnico de los atacantes.

Estos son los hechos y por mucho que se quiera no se pueden ocultar. Lo que me tiene escandalizada es el silencio cómplice de tantos y tantos. ¿Dónde están las feministas, los partidos políticos, los movimientos cívicos, y tantos y tantos que otras ocasiones y , por hechos mucho menos graves, levantan la voz y señalan con su dedo acusador cualquier actuación machista?

¿Por qué en esta ocasión nadie dice nada? ¿Es sólo miedo a no ser políticamente correcto o algo más? Desde que el mundo es mundo, durante toda la historia de la humanidad las mujeres han sido sometidas, ultrajadas y utilizadas como un arma de guerra y con este silencio cómplice se tiene la sensación de que todo sigue igual. Si los autores no fueran refugiados, ni musulmanes, ni inmigrantes, ¿el tratamiento del tema sería el mismo?

No se trata de política de emigración ni de criminalizar a nadie por su nacionalidad o su raza, sino de defender la ley y la dignidad de las mujeres y con eso no se debería jugar. Como mujer me avergüenzo de este atronador silencio que nos devuelve a otras épocas en las que éramos invisibles. Al parecer, lo seguimos siendo.

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