La undécima Legislatura de la era democrática

Pasillos con menos corbatas

Pasillos con menos corbatas
Mariano Rajoy mira a Alberto Rodríguez, diputado de Podemos. EP

Empieza a andar este miércoles la undécima Legislatura de la era democrática. Treinta y nueve años y, claro está, muchas cosas han pasado desde aquellas constituyentes de 1977, cuando los españoles descubríamos una nueva clase política y una nueva forma de ejercer esta política.

Luego, casi cuatro décadas después, se ha colgado de las paredes del Congreso de los Diputados ‘el abrazo’, de Juan Genovés. Toda una alegoría de lo que debería ser y no es: a la sociedad española, en esta segunda transición, le van sobrando inquinas y faltando más concordia; es necesario darse menos la espalda y abrazarse más en busca de objetivos comunes.

El caso es que ha pasado toda una vida desde que los periodistas que entonces casi empezábamos a entender la profesión -pero allí estábamos- nos encontramos con una Mesa de edad presidida nada menos que por Dolores Ibarruri, severamente vestida de negro, y con Rafael Alberti, el poeta mítico, a su lado, con unos increíbles pantalones de cuadros con colores chillones.

Desde entonces, en estos años, la renovación de rostros ha sido, claro está, notable. Nadie queda ya de quienes estrenaron su escaño en 1977. Y cuando, este miércoles, nos asomemos de nuevo a los pasillos de la Cámara Baja, los periodistas que habitualmente pululamos por allí constataremos que ahora no conocemos a casi nadie: no llega ni al treinta por ciento el número de diputados que repiten. Lo demás serán rostros inéditos, más paridad de sexos y presumiblemente muchos cuellos sin corbata, que hablan de renovación al menos formal. Al menos.

Veremos si toda esa savia que va a reverdecer el hemiciclo se corresponde con lo que venimos llamando ‘la nueva política’ o tendremos motivos sobrados para echar de menos a generaciones políticas anteriores: contra lo que se dice tópicamente, los ‘novatos’ no tienen por qué ser necesariamente peores que sus antepasados; simplemente, los tiempos son distintos, como lo son las formas.

En todo caso, los periodistas lo percibiremos de inmediato en la accesibilidad o no, en las ganas de trabajar -o no– con las que lleguen Sus Señorías de refresco. Claro que, a este paso y si las fuerzas políticas principales siguen sin ponerse de acuerdo, la Legislatura batirá un record por lo breve y por lo efímera, y bastantes de los que consiguieron sus escaños el 20 de diciembre podrían quedarse sin ellos.

Sea como fuere, y aunque haya un mínimo acuerdo para investir a Rajoy o a Sánchez -son las dos posibilidades que ahora se me ocurren, aunque ya se ve que toda sorpresa es posible en la florida política española–, esta va a ser, me atrevo a pronosticar sin demasiado riesgo de equivocarme, una Legislatura breve: será la del pacto a dos años para consensuar las reformas legislativas necesarias, incluyendo las constitucionales, o, simplemente, no será.

Y, de momento, tendremos este miércoles un primer entretenimiento, de tono menor con la que está cayendo, con las hipótesis sobre la personalidad que vaya a ejercer la presidencia del Congreso. Dijo Rajoy, creo que equivocándose al pretender hacer lo mismo que hasta ahora, que siempre ha correspondido esta presidencia, cada vez más importante, a un diputado del partido que más escaños haya logrado.

Todos los demás grupos combaten esta tesis, con lo que crecen las posibilidades de que el candidato socialista, el ex lehendakari Patxi López, en torno al cual se generan consensos varios, sea quien presida la Mesa. Y claro, ya han surgido voces que alegan que López carece de la formación jurídica necesaria; como si lo más importante no fuesen el talante y el peso político, que para juristas ya tiene la Cámara a los letrados.

Pienso que Rajoy perdió una buena oportunidad de brindar una ‘concesión’ en este tema a una oposición a la que necesita para ser investido; en todo caso, su candidato para un puesto que es el tercero en la jerarquía del Estado -tras el Rey y el presidente del Gobierno- parecía destinado de antemano al fracaso: definitivamente, a Rajoy le van a faltar votos, para esto y para más cosas, con lo que todas las perspectivas están abiertas.

Además, más útil sería que, antes de enzarzarse en la pelea por los cargos, los grupos se hubieran puesto de acuerdo en los muchos puntos que conviene reformar del reglamento, obsoleto y malintencionado, de la Cámara: con este reglamento, como con esta normativa electoral, no se puede seguir funcionando en la democracia perfeccionada, en la ‘nueva política’, que queremos darnos.

Y así, sin un acuerdo, de momento, ni siquiera en lo referente a la composición de la Mesa (ha pasado otras veces, eso también es cierto), arranca la Legislatura con los pronósticos más broncos que podamos recordar los veteranos que tantas veces hemos asistido a actos semejantes.

Con este horizonte, es de temer que la XI Legislatura comience como la X, o como la IX o la VIII: las mismas escasas perspectivas ilusionantes. Eso sí, con menos corbatas. Y mucho más breve. Y ya digo, puede que aún más bronca, que ya sería decir.

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