Fernando Jáuregui

¿Adiós, Rajoy, adiós?

¿Adiós, Rajoy, adiós?
Fernando Jáuregui. PD

Días como estos que vivimos sustentan las noticias más en sensaciones, y hasta en rumores, que en hechos probados y en certezas. Lo digo porque lo mismo se difunde con extraordinaria fuerza que Albert Rivera, pongamos por caso, cree que será inevitable un Gobierno nacido del acuerdo del PSOE de Pedro Sánchez con Podemos y, más o menos directamente, con otras fuerzas nacionalistas, que se disparan nombres sin fundamento como posibles sustitutos de Rajoy para formar un Gobierno de pacto del PP con los socialistas… o con quien se pueda.

Y, así, toman cuerpo, pero aún desde el aire, dos hipótesis: una, que la candidatura de Pedro Sánchez hacia La Moncloa avanza, a lomos de guiños parlamentarios no siempre políticamente estéticos; y otra, que las posibilidades de Mariano Rajoy de mantenerse en el cargo, aunque al final fuese el Partido Popular quien presidiese el futuro Ejecutivo, son cada vez menores.

La radiografía de la situación sería, así, en estos momentos -y nada indica que mañana no puedan mudar las cosas- la que sigue: Rajoy no consigue el suficiente número de escaños aliados, incluso suponiendo que le apoyase, más explícitamente de lo que lo hace, Ciudadanos, y su única posibilidad de mantenerse en el cargo y lograr la investidura, partiendo de la base de que lo desee, sería ir a unas nuevas elecciones, en las que muy probablemente el PP vería aumentada la votación que recibió el pasado 20 de diciembre, un mes hace ya. Pero, incluso en el caso de que esas elecciones se repitiesen, allá por finales de mayo o comienzos de junio, porque ninguno de los candidatos ha logrado su investidura en los plazos tasados, cabe la posibilidad de que el hoy presidente en funciones dé ‘un paso a un lado’ y consienta, y hasta propicie, que otra figura en el PP ocupe esa cabeza de candidatura, en la esperanza de que tenga mayor capacidad de diálogo con otras fuerzas.

Porque viajeros a La Moncloa indican que el presidente en funciones está como poco animado, que parece a punto de tirar la toalla y renunciar, más allá de lo puramente formal que pueda decir en la próxima sesión de investidura, a un pacto de amplio espectro con el socialista Sánchez, que ya le ha dado más de un portazo en las narices.

No quisiera apresurarme en el ‘adiós, Rajoy, adiós’, ni en el elogio políticamente fúnebre a quien ha tenido, en su trayectoria de la pasada Legislatura, aciertos, bastantes, y errores, algunos, el más grave de ellos, a mi juicio, no haber adelantado las elecciones generales y habernos evitado, así, estos previsibles meses de interinidad del Ejecutivo y del Legislativo, tan perniciosos en los momentos que vive la unidad territorial y tan delicados en lo referente a la coyuntura económica.

He criticado mucho a Rajoy en los pasados meses y, por ello, me siento autorizado a reconocer que, en los momentos en los que podría -podría- producirse su salida, estamos ante el mejor Rajoy, el que ha propiciado un viraje importante en su propia trayectoria. Así es la política: el presidente en funciones está pagando ahora los años de opacidad y escaso diálogo político, centrado, como estuvo, en restañar los daños económicos. En todo caso, aguardo con enorme interés lo que nos tenga que decir, a nosotros y aquellos con los que aún pretenda pactar, en su primer discurso de investidura, el más trascendental, sin duda, de su carrera.

Y, del otro lado, tenemos a Pedro Sánchez, de quien, ya la misma noche electoral, escribí que tenía posibilidades de llegar a La Moncloa, aunque habiendo perdido votos con respecto a las elecciones precedentes de 2011. En ningún momento ha abandonado el secretario general del PSOE su actitud segura de que llegará a la presidencia.

¿Porque tiene algún as en la manga y está seguro de que podrá llegar a un pacto razonable con Podemos, con el PNV y lograr la abstención de Esquerra Republicana de Catalunya? Quién sabe: también en las pasadas elecciones municipales y autonómicas, aun perdiendo votos, las negociaciones con otras fuerzas permitieron al PSOE un enorme avance en el control territorial.

Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, que, de manera pragmática, sabe que inevitablemente debe estar a la espera de los acontecimientos, parece creer, así lo va diciendo, que esa es la situación; es decir, que Sánchez, aunque sea a trancas y barrancas, logrará, venciendo quizá algunas resistencias en el comité federal socialista, donde no todo es entusiasmo hacia el secretario general, llegar a ese pacto de la izquierda. Veremos qué ocurre en las próximas horas, en las que los principales líderes mantendrán la preceptiva audiencia con el Rey, que limita, se supone que tascando el freno, su papel institucional.

No hace falta ser un genio para comprender que Felipe VI preferiría, como otras instancias nacionales y europeas, que el acuerdo de los socialistas fuese con el PP y con Ciudadanos, aun a costa de las condiciones que fuesen -la salida de Rajoy, por ejemplo–, antes que el ‘bloque de izquierdas a la portuguesa’, al que se añadirían las complicidades tácitas o explícitas con los nacionalistas.

Nos encontramos, en cualquiera de los dos casos, ante una división profunda de la concepción del futuro político en España. Ambas posibilidades, la de la ‘gran coalición’ (o similar) PP-PSOE-Ciudadanos, y la del ‘bloque de izquierdas’, afrontan ese futuro desde un prisma reformista, una vez que las actitudes ‘inmovilistas’ parecen, en efecto, ser cosa del pasado; pero, naturalmente, tanto el grado e intensidad de las reformas, como el propio alcance de las mismas, variarán bastante en uno u otro caso.

Ninguna de las dos hipótesis, ni la que se sitúa en espacios más conservadores, ni la que lo hace en los más de izquierda, ha tenido a bien hasta ahora explicar a los ciudadanos en qué, exactamente, consistiría ‘su’ cambio, cómo piensan, cada una de ellas, conducir el camino hacia el futuro del país. Preocupante.

Porque eso es lo que me parece más importante, al margen de cuál sea el nombre que llegue al principal despacho de La Moncloa: no se trata solamente, ni principalmente, de un cambio de rostros; estoy a punto de decir que me parece casi indiferentes que sea Sánchez, Rajoy o algunos de los nombres que van rumoreándose por ahí, quien ocupe el principal despacho de La Moncloa.

Se trata de saber qué cambios queremos hacer en esta Legislatura que ha comenzado y que estará, inevitablemente, y dure lo que dure -que no será mucho, en todo caso– , sometida a fuertes aires de mudanza.

Puede que resulte un tópico decir que España está, como nunca desde que se inició la transición a la democracia, en una encrucijada histórica. Pero este es, qué le vamos a hacer, exactamente el caso.

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