José Rosiñol Lorenzo

Trileros del lenguaje

Trileros del lenguaje
José Rosiñol Lorenzo. PD

Leyendo La Vanguardia este pasado día 31 de diciembre, me topé con un artículo de Borja de Riquer i Permanyer que, entre otras cosas, afirmaba cosas como «…el artículo 2 de la Constitución del 1978 significó una contundente reafirmación en la visión más ortodoxa del nacionalismo español.», fijémonos en qué dice dicho artículo de la Constitución: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.

Más allá de la obsesión y la necesidad que el nacionalismo tiene por ver, inventar o construir nacionalismos, adversarios y alteridades con los que justificar sus propios complejos y contradicciones, quiero detenerme en algo que considero fundamental en todo este gran fraude político llamado el «prusés», me refiero a la manipulación del lenguaje, al uso y abuso de un alambicado vocabulario con el que sustentar un relato las más veces irracional y dogmático, pero sobre todo, el eje sobre el que pivota la campaña de manipulación política desencadenada desde hace ya demasiados años.

He empezado con el artículo de Riquer porque considero que existen, por lo menos, dos niveles en la perversión del lenguaje nacionalista, la primera, como la del autor, en la que una intelectualidad orgánica trata de objetivar lo que no son más que juicios de valor, de alguna forma, utilizan unas estructuras (y conocimientos) de razonamiento científico y lo «rellenan» con cápsulas ideológicas para conformar ciertos marcos mentales cuya única posibilidad de pervivencia en la plausibilidad por desconocimiento (o hartazgo), observemos cómo de lo afirmado por el autor del artículo, se fundamenta por obviar que dicho «nacionalismo español» lo encontramos en todas las constituciones de todas las democracias avanzadas, que la unidad territorial y la soberanía es la norma y los que apuestan por la secesión son la auténtica anomalía, hasta el punto que al minuto uno después de una hipotética separación, Cataluña defendería su soberanía e integridad territorial con el mismo ahínco que cualquier otro país del orbe.

Y aquí nos encontramos con el siguiente nivel en la perversión del lenguaje, aquél más chabacano, más vulgarizado, más agresivo, más propagandístico, me refiero a los mantras del nacionalismo de chistera: «derecho a decidir», «mandato democrático», «España nos roba», «radicalidad democrática»…si reparamos en ellos, vemos cómo son conceptos huecos, simplemente falsos o sencillamente oxímoron, lo cierto es que estos juegos del lenguaje responden a un razonamiento cínico e instrumental, solo buscan la distorsión y la creación de un paradigma ideológico propicio a los intereses políticos del nacionalismo, es la creación de «lenguajes ideales» (Wittgenstein) en los que se reconoce una lógica (un aparente silogismo) pero en verdad están trufado de dogmatismo, irracionalidad y, como decía más arriba, plausibilidad (plausibilidad confundida interesadamente con causalidad)…

El problema radica en que es muy complejo rebatir seudo-conceptos que en realidad son recursos simbólicos y emocionales, son creencias irracionales envueltas en piel de racionalidad, quizás esta situación ha sido posible por el vacío dejado en el flanco emocional y afectivo, aquello que supone la mayor parte de nuestra existencia, quizás por el abandono de una clase política nacional más preocupada y ocupada en el corto plazo, o por el complejo identitario de una izquierda con ciertas fobias a la normalidad, normalidad como pensar en España y en construir un relato moderno e ilusionante de España en la que estemos cómodos y nos reconozcamos todos los españoles.

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