Santiago López Castillo

A los tontos de Carabaña…

A los tontos de Carabaña...
Santiago López Castillo. PD

Al periodista y escritor le entra el qué pensar de esa opinión que bala y no recapacita ni con lo que le rodea. Me ayudan esos pajarillos volanderos que empiezan el día y que generalmente acaba melancólico y triste cuando no en tragedia. Pienso en esa niña que una mala bestia arroja por una ventana tras haberla forzado sexualmente. Pienso en esa sociedad que se humilla en el humilladero y no se para a pensar que puede ser pasto de la indigencia como en Venezuela. Podemos… Sí, claro. Siempre nos sentimos superiores hasta los más débiles. Pienso mientras las avecillas de mi jardín silban sus aleluyas gimnásticas y melodiosas hasta que me llegue la meditación, a la vejez, viruelas. Ya lo decía el refrán: está el viejo muriendo y está aprendiendo.

Doblo el mapa y me topo con Cataluña, no para robarla o maldecirla porque es mi región predilecta después de Madrid y el Real Madrid. Me sale sin querer el refrán que dice que a los tontos de Carabaña se les engaña con una caña. Pueblo que casi nadie conoce, está en la provincia de Madrid pero, al parecer, idéntico topónimo lo tienen en Cantabria. Lo de tonto o bobalicón ya es otro cantar. Mas me desvío. Los nuevos regidores de la Generalidad siguen enloquecidos con la república de Cataluña. La organización del estado catalán que proclamó Compayns y todos sabemos -salvo los ignotos y los invidentes de la Once- dónde acabó el político independentista llegando a ser detenido por los republicanos y fusilado por el franquismo.

La portavoz de Ciudadanos que rige el Niño de la Bola salió despavorida en su reunión con el Casademont de Sardá, propiamente Puigdemont, con tanto ministerio de asuntos exteriores, haciendas públicas, más bien privadas, las que conciernen al clan Pujol, instituciones penitenciarias, España nos humilla y nos roba. Joder, qué tíos. Tengo ante mí una octavilla que circulaba por España en 1932 en la que incitaba a la guerra contra el estatuto catalán. «En tanto que los intelectuales, el obrero y el profesional castellano no podrán ejercer cargos en Cataluña, mientras que los catalanes lo podrán hacer en el resto de España».

Hoy, ochenta y tantos años después, generaciones que no conocieron el franquismo, el régimen que más apoyó con su proteccionismo a Cataluña y al País Vasco, estamos ante esa multitud inepta, la que carece de cuerpo y alma como la Santa Compaña. Así, Mas, el menos, y Puigdemont manipulan todo lo manipulable y más y no se hartan de clamar lo de la voluntad popular y el derecho a decidir y la mare que me parió. Esos seres aborregados me dan pena y me pregunto si los dos de frente dan para tampoco. A lo que parece. Y claman libertad en inglés -el español no se emplea ni enjuagándose después la boca con perborato- cuando son tan libres como los pajarillos que me circundan. La multitud, lo que los independentistas llaman mayoría, la voluntad democrática de un pueblo, sí buana, es el número, el dato, la abstracción y si me apuran la lucubración si es que retozasen con el pensamiento. Viven en un limbo neutral y frío como un mal pensamiento.

Corramos, en fin, la última cortina por la que podíamos asomarnos al paisaje, entornemos los ojos y no molestemos a los jueces del Constitucional que «están trabajado» con lentitud y casi con deleite. Coullons!

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