Fernando Jáuregui

Una cumbre sin portazos en la nariz

Una cumbre sin portazos en la nariz
Rajoy y Sánchez

Mentiría si dijera que tengo alguna esperanza en que una reunión entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez vaya a desbloquear la ya grave situación política que vive el país.

Ambos -primero, Sánchez, esa es la verdad- se han dicho muchas lindezas y han repetido demasiadas veces su oposición a los planes del otro como para confiar en que, al final, se imponga una solución razonable para el carajal en que se encuentra la gobernabilidad del país. Y, sin embargo, hay que decirlo: ambos personajes son claves para hallar una solución, y ninguna solución será posible sin ellos.

Así que ya pueden los ‘emergentes’ hacer piruetas en la cuerda floja, porque, si el Partido Popular no quiere, no habrá reformas de calado posibles. Y, si el PSOE no quiere, no habrá mayoría posible para gobernar.

Digo esto porque lo peor que podría ocurrirnos a los españoles sería que en un eventual encuentro entre Sánchez y Rajoy -que tiene que haberlo, y además en un terreno neutral como el Congreso: sería impensable una negativa por alguna de las dos partes- se repitiese el portazo en las narices de Rajoy que el secretario general socialista dio al presidente, que ya estaba en funciones, la última vez que visitó La Moncloa.

Ocurre que Sánchez está, en el fondo, cuestionado por sectores de su partido, y Rajoy lo está, a estas alturas, por casi todo el mundo, aunque justo es reconocer la disciplina y la fidelidad al líder que, cara al exterior, muestran todos en el PP.

Es un partido con una militancia muy nutrida -más de ochocientos mil carnés–, con una sólida implantación en buena parte del territorio nacional, pese a los agujeros generados por la corrupción y la mala gestión de los responsables organizativos ‘populares’.

Nada puede hacerse sin el PP, aunque sí se puedan hacer cosas sin Mariano Rajoy; es la tesis, me parece, que predica Ciudadanos, que bajo cuerda se ha ofrecido para mediar en una posible retirada -‘paso a un lado’_ de Rajoy y una consiguiente aceptación por parte de Pedro Sánchez para hilvanar algún acuerdo con el PP ‘post Rajoy’.

La situación exige hacer cosas realmente nuevas, aceptar sacrificios sobre los apriorismos marcados tras conocerse el resultado de las elecciones.

Una nueva comparecencia a las urnas arrojaría, dicen las encuestas, resultados similares, aunque mucha gente, que acudió ilusionada a votar el 20 de diciembre, se quedaría en casa a la vista de la decepcionante actuación que está mostrando eso que ha dado en llamarse, y que actúa como tal, ‘clase política’. O casi ‘casta política’.

Por eso digo que una ‘cumbre’ entre Rajoy y Sánchez tiene que producir resultados tangibles, mucho más allá de la simple constatación de que ni se entienden ni quieren entenderse. La responsabilidad de ambos es ahora enorme.

Porque hay evidencias insoslayables: por ejemplo, que esas medidas que la dirección del PSOE ha elaborado como programa de futuro son, en su integridad, perfectamente asumibles por el PP. ¿Cómo seguir diciendo, enarbolando banderas de la izquierda y de la derecha en las que ya casi nadie cree, que son programas incompatibles?

¿Cómo negar que la gobernabilidad y la estabilidad territorial de este gran país amenazado con la catástrofe depende del acuerdo -por un tiempo razonable: dos años, por ejemplo- regeneracionista de los dos grandes partidos nacionales, seguramente secundados por otros?

¿Cómo pensar que si uno de los dos líderes, o ambos, constituyen un obstáculo para ese gran acuerdo regeneracionista, no debe/n ser removido/s?

El país no puede, una semana más, seguir en las mismas, tratando de juntar peras con manzanas, de coordinar todas las ambiciones en un acuerdo multilateral casi imposible por lo efímero, por lo heterogéneo, por lo rupturista -no es hora de rupturas, como no lo fue en la primera transición, sino de hacer evolucionar todo hacia el gran Cambio, con mayúscula–.

Llegan demasiados avisos desde demasiados rincones, y no porque algunos de esos rincones estén ocupados por el Ibex, o por determinados países de la UE, o por personajes institucionales, o, si se quiere, por periodistas más o menos veteranos como quien suscribe, dejan de ser avisos válidos, y en cierta medida alarmantes, que no pueden descalificarse así, sin más, como procedentes ‘de las derechas’, que es la última locura semántica que nos invade ahora.

Así que, si una mayoría de gente cree que eso es lo conveniente, váyase, señor Rajoy, que la Historia le guardará páginas agradecidas, porque sin duda las ha merecido. Y, si lo que a la mayoría conviene es eso, gire usted cuanto antes en sus planteamientos de vetos, señor Sánchez.

Y, si no, siga la senda del señor Rajoy. Porque hay espacio para un gran acuerdo que suscite un enorme suspiro nacional de alivio. Un acuerdo tangible y no meras palabras por encima, como ellos mismos dicen, de las personas, pero no del pueblo.

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