Fernando Jáuregui

Calendario simplemente de locos

Calendario simplemente de locos
Fernando Jáuregui. PD

La semana comenzó apasionante: la súbita dimisión de Esperanza Aguirre como presidenta del PP madrileño, a la hora del almuerzo dominical, puso en marcha una maquinaria en el partido gobernante (en funciones, eso sí) de la que Mariano Rajoy habrá de tomar muy buena nota.

Por otro lado, este lunes, el presidente del Congreso de los Diputados, Patxi López, anunciaba al fin la fecha de la sesión de investidura del candidato a la presidencia del Ejecutivo: el 2 de marzo, con segunda vuelta probablemente el sábado 5, si, como parece más que probable, no se logra una mayoría absoluta en la primera votación: es, por tanto, ese sábado, dentro de tres semanas, cuando sabremos si tenemos o no repetición de elecciones. Para entonces, Rajoy estará amortizado en la práctica, listo casi para pasar a la Historia, y Pedro Sánchez lo habrá jugado su futuro político al todo o el nada.

El calendario trepidante incluye, antes de la investidura, la consulta de los pactos por parte de Sánchez a la militancia socialista el próximo día 27, el recuento de esos votos el domingo 28 y la celebración de un comité federal, que sancione los pactos a los que el secretario general socialista habrá de llegar con otras fuerzas políticas, conociendo ya el veredicto que de ellos han emitido los militantes.

Calendario apasionante, sobre todo en el bando socialista, cuyos negociadores habrán de intentar llegar a acuerdos cerrados con Podemos, Ciudadanos -incompatibles entre sí–, PNV, IU, Coalición Canaria y con-quien-se-pueda (pero no con los independentistas, que siguen siendo una línea roja, al menos teóricamente) ya en los próximos días, en las próximas horas. Imposible saber, cuando se escriben estas líneas, si ese pacto para un ‘Gobierno de progreso’ va a ser posible y, si se da, cuántas contradicciones -que impedirán una Legislatura normal– encerrará en su seno.

El protagonismo de la acción en el campo socialista no puede esconder el que sin duda va a corresponderle al Partido Popular. No ha habido un solo comentarista que no haya entendido que la dimisión de Aguirre, por su confesada ‘negligencia in vigilando’ en los variados casos de corrupción que han asolado Madrid, es un brindis a que Mariano Rajoy haga lo propio, por mucho que, lógicamente, los portavoces oficiales del PP insistan en que nada tienen que ver los casos de la peculiar ‘lideresa’ y el del presidente nacional del partido y del Gobierno. Resultaba obvio que Aguirre no podía permanecer mucho más tiempo en su puesto al frente de la organización madrileña, y a muchos les parece que, siendo Rajoy una figura política de talla muy superior, tiene necesariamente que hacer ‘algo’.

Y ese algo, en estos momentos, no puede ser sino plantearse su propio relevo tanto al frente del partido -cuando toque llegar al congreso nacional, que ha de celebrarse este año- como en el papel de cabeza de candidatura de los ‘populares’, tanto ante una investidura, a la que ya no llega, como ante una posible repetición de elecciones, si Sánchez no logra resultar investido, allá por finales de junio. Podría ser que, entonces, ni Rajoy ni Sánchez encabezasen sus respectivos carteles, porque no olvidemos que, en mayo, el PSOE celebrará su congreso federal, y allí hay muchas espadas desenvainadas.

El panorama es, pues, enrevesado, y el calendario político español, apasionante para los meros observadores, está lleno de fechas comprometidas… sin contar con las que ha marcado en rojo el independentismo catalán para su particular ‘procés’.

Hay que celebrar, en todo caso, que las cosas se vayan aclarando algo, al menos algo: la dimisión de Aguirre precipita la sucesión a la cabeza -no solo la madrileña, que casi puede darse por hecho que acabará siendo Cristina Cifuentes- del PP, que es un partido cuya importancia en la vertebración nacional a nadie se le escapa.

Y la fijación de una fecha para la sesión de investidura de Pedro Sánchez cierra un período peculiar, anómalo, sin plazos definidos, en la loca carrera política hacia quién sabe dónde: ahora, al menos, sabemos el cuándo.

Algún día también sabremos exactamente lo que se está moviendo entre las bambalinas, tanto del PP -donde se percibe la aprensión ante el estallido de nuevos posibles, desconocidos pero intuidos, casos de corrupción en sus filas-, como del PSOE, donde podrían adivinarse no pocas tensiones internas ante el proceso que, un poco a trancas y barrancas, ha puesto en marcha su secretario general; de quien, desde luego, no puede decirse que haya estado ocioso en el poco más de año y medio que lleva en el cargo. Otra cosa son las opiniones variadas que esta actividad frenética suscita en algunas ‘baronías’ socialistas.

Me siento incapaz de sentarme ante la bola de cristal para predecir lo que pueda ocurrir a continuación: me encuentro, como la mayoría, abrumado por este calendario chiflado, improvisado, tan apresurado. Solo sé que, tras lo de Aguirre, las proclamas de Rajoy en el sentido de que aún tiene posibilidades de seguir en La Moncloa se han debilitado casi hasta parecer ya inverosímiles.

Y que, tras la fijación de una fecha para la sesión de investidura, Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera están condenados a entenderse, levantando los vetos interpuestos… o a llegar a una ‘entente non cordiale’ -por ejemplo, la abstención de Podemos en la votación de investidura– que, en última instancia, evite al menos una repetición de las elecciones que les saldrían muy caras a la mayoría de ellos (y a nosotros todos). Y, desde luego, empeoraría aún más la idea que de nuestros políticos tiene la ciudadanía.

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