JJavier de Lucas

Sobre las dos clases de injusticia

Sobre las dos clases de injusticia
Javier de Lucas. PD

Nunca estaré lo suficientemente agradecido a la inexorabilidad del tiempo. Gracias a ella uno toma decisiones que sin su influencia no resistirían más allá de cuatro días.

El caso es que cada vez tengo más claro que cuando el tiempo apremia, y es mi caso ya, el tiempo dedicado a las lecturas no compensa malgastarlo con otras que no sean en pos de la sabiduría o de la ratificación enésima de la verdad.

La lectura, o relectura, de los clásicos es como una brisa de aire límpido y reconfortante, como una revelación de las verdades eternas que aunque a veces, a fuerza de tanto distorsionarlas, nos hacen dudar de su existencia como tales, lo cierto es que gracias a ellos nos reconducimos en el camino de lo verdadero, de la aletheia; es decir, de la desocultación de lo oculto, de lo que de verdad encierran las cosas…

En tal caso, lo que de verdad encierran, no sería más que lo que en realidad encierran los actos humanos.

A la hora de reflexionar y de tomar partido cuando las circunstancias sociopolíticas reclaman nuestra atención, uno de los grandes maestros recurrentes es, sin duda, Marco Tulio Cicerón.

De él, y en las circunstancias actuales (siempre los grandes pensamientos nos resultan un salvavidas cuando en los momentos de confusión, cegados por el centelleo de la luz de gas, nos sentimos arrastrados por el vértigo de la incertidumbre provocada por la insistencia de la retórica sofisticada); de él, y sigo, me permito traer a colación cuando nos habla en De officiis (Sobre los deberes) de las dos clases de injusticia, y dice: Hay dos tipos de injusticia: el primero, de quien injuria a otro, y el segundo, de aquellos que pudiendo no defienden a los injuriados.

Pues quien injustamente se lanza a ofender a otro, incitado por la ira o por cualquier otra perturbación, obra como quien pone su mano sobre un compañero; y quien pudiendo no lo defiende, ni impide la ofensa, es tan culpable como si dejara indefensos a los padres, a los amigos o a la patria.

Es obvio que cuando hablamos de la res pública (cosa pública), hablando si no mal sí pronto, no podemos más que referirnos a la Sociedad, al conjunto de intereses que la ciudadanía tiene en común en cualquier democracia que se precie; y esta cosa pública, de índole sagrada, no puede quedar a la deriva en momentos en los que el temporal arrecie, en éstos es cuando se hace más necesario el compromiso de todos sea cual fuere la ideología y el pensamiento, en estos momentos sólo es uno el esfuerzo: el de mantener incólume la opinión del corpus ciudadano.

Preterir la voz y el sentimiento de los que deben decidir en una democracia, por defender a ultranza los intereses oligárquicos sobre los legítimamente democráticos aprobados en referéndum por la mayoría como Carta Magna y sancionada como ley fundamental del Estado, es ultrajar, es romper el vínculo con el que el pueblo se liga a la buena voluntad del gobernante.

Y aquí continua Cicerón: La mayor parte se olvidan de la justicia cuando son víctimas de la manía de los mandos, de los honores y de la gloria. Y asesta un golpe definitivo con su admiración sobre el inmenso alcance de la sentencia de Ennio, con la que concluye: Para el que quiere dominar no hay fidelidad ni vínculo sagrado alguno.

Porque es verdaderamente una injusticia, una injuria, un atropello, que en democracia valgan todo tipo de juegos y enjuagues para conseguir a toda costa quitar de en medio lo que estorba; máxime cuando lo que estorba tiene tras de sí el mayor número de votos. Y todo por el afán de poder y la mal entendida gloria. El poder jamás se debe detentar; el poder se sustenta, se soporta como carga que el pueblo decide «otorgar» a quien se entrega a su servicio contra toda adversidad y sin apenas concesión al respiro.

Y si ha de pecar en exceso de algo (sólo hay un exceso al que Aristóteles no pondría objeción alguna), éste sería el de magnanimidad; en ella cabe toda disposición al diálogo con todas las ideologías y creencias; pero eso sí, sin despreciar olímpicamente y porque sí lo que nos incomoda.

El pueblo quiere hombres fuertes que inspiren fortaleza y que sean capaces de soportar la firmeza de la razón.
Si hay algo por lo que el ciudadano al emitir su voto se pone en manos de los que nos gobiernan, esto no podría ser más que por la confianza en su plena honestidad.

Mas ¿qué ocurre cuando esa honestidad no sólo no existe, sino que, además, tras arrogársela con autohalagos, la torpeza se evidencia claramente en todas y en cada una de sus decisiones políticas? El officium para los romanos era algo así como el saber lo que había que hacer en cada momento; eso sí, las acciones estaban garantizadas por esta honestidad, y eran el resultado del ejercicio de la virtud; es decir, que lo honesto era todo lo que dimanaba del quehacer acompañado de las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, lo contrario era lo torpe.

Ante esta contingencia política ¿qué defensa tiene el ciudadano?, ¿qué posibilidades de atajar la arbitrariedad entes de que los gobernantes torpes arruinen la democracia? La respuesta sería clara y contundente en una democracia auténtica, en la que los intereses ciudadanos (de la res pública) primaran de forma absoluta e incuestionable frente a los intereses partidistas: esperar nuevamente a las urnas.

En el peor de los casos, me temo, habrá que confiar en que los dioses se compadezcan de la torpeza de los hombres. ¿Habrán perdido la sensibilidad?; los dioses, digo.

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