Santiago López Castillo

La violenta Cataluña independentista

La violenta Cataluña independentista
Santiago López Castillo. PD

Nunca es saludable echar leña al fuego en las piras en las que ya ardió alguien. Recuérdese a Companys que fue detenido, muerto y sepultado por su independentismo, primero en tiempos de la II República y fusilado después durante el franquismo. Lo digo por ese polifemo llamado Sardà que nos mira mal a los que queremos a Cataluña donde está, es decir, en España, la región más favorecida con Vascongadas en tiempos del general Franco. Pero el cíclope nos ve con ese ojo cegato de que Madrid nos roba y se pasa al TC por el forro de los cojones, mismamente esas embajadas sólo comparables en número a las tiendas de los chinos, y el republicano advierte que el Estado español -definición que acuñó Franco en el 36 y los secesionistas pronuncian para no pronunciar España ni aun lavándose la boca con perborato-, el republicano advierte, prosigo, que no les manden la Guardia Civil ni el Ejército porque las tropas de «derecho a decidir» los repelerían.

Joder, qué valientes, coullons. Llevan treinta años dándonos la matraca y eso que los constituyentes les hicieron un importante hueco en la Carta Magna para que uno de los artífices se cayera del guindo y antes de morir exclamara: «¡Estos tíos nos han engañado!» (Gregorio Peces-Barba). Me dan pena y tristeza. Unas minorías politizadas se han encargado de convertir una región próspera, pujante, avanzada, en un aislado fondo de saco. Para ello, unos necios burgueses se han encargado de cambiar la historia de Cataluña utilizando las almas pías de infantes y adolescentes que, por otro lado, sólo se ocupan del Google del ordenador. Tratan de expulsar al español, una lengua para todos y universal, la tercera del mundo. Me da pena que en ese contubernio de iluminados traten de envolver a gentes de buena fe que no reniegan de su catalanismo ni de su españolidad, que son mis grandes amigos, como mi compadre Manuel Español, uno de los directores que fue de Baqueira/Beret donde pasé inviernos de ensueño o mi adorable y dorada Costa Brava cuando conocí en carne mortal a Josep Pla y a Salvador Dalí.

A la blandenguería de Mariano Rajoy -el fraile motilón, según mi observancia- se puede sumar, si Dios no lo remedia, un gobierno más débil aun y lo que es peor: ignorante y ambicioso del sillón como son Pedro y Pablo de la radicalidad de izquierdas, cuyo paladín fue el indigente cultural Rodríguez Zapatero, que hoy vive de una suculenta pensión vitalicia y que alentó el separatismo catalán y vasco, amén de llevar a España a la ruina.

– ¿Quo vadis, dómine?

Se me vienen a las mientes expresiones escatológicas. Pero eso sería de cobardes. Y por tanto, en estos momentos vitales, no es aconsejable batirse en retirada.

Hay que seguir alentando este territorio y sus gentes, pese a que unos zurupetos prefieran la aldea al progreso, como lo hizo primorosamente Don Juan Carlos, del que la inoculada Colau retira su busto y su retrato, y como lo hace su hijo Felipe VI al que se le hacen feos desplantes pese a ostentar el título soberano de Conde de Barcelona y se retira a su hija la distinción de Princesa de Gerona.

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