Fernando Jáuregui

A las diputaciones les llegó su hora. O más bien, no

A las diputaciones les llegó su hora. O más bien, no
España, Comunidades Autónomas, CCAA, economia, deuda y gasto. PD

La única reforma de cierto calado y visibilidad que contiene el ‘pacto regeneracionista de progreso’ suscrito entre Ciudadanos y el PSOE era -y digo bien: era. Porque sospecho que se ha iniciado la marcha atrás- la supresión de las diputaciones provinciales. Lo demás o bien resultaba muy genérico o, a mi juicio, de un calado reformista excesivamente tímido. Pero la eliminación de las diputaciones era un punto muy sentido en el programa de Ciudadanos, que los socialistas de Pedro Sánchez aceptaron de buen grado. Bueno, más o menos de buen grado, como se pone ahora de manifiesto. Porque más de uno y más de dos presidentes de diputaciones socialistas se han ‘rebelado’ contra ese punto, precisamente contra ese punto, del pacto, que se está votando en estas mismas horas entre la militancia del PSOE.

Curiosa ‘rebelión’, que coincide con el disgusto expresado al tiempo por el Partido Popular acerca de este pacto, precisamente, sobre todo, por la supresión de las diputaciones. Yo mismo tuve ocasión de debatir el tema en un programa televisivo con una dirigente socialista de Madrid y con un parlamentario del PP. Ambos coincidían solamente en una cosa: en su repudio a la supresión de las diputaciones, argumentando su altísimo valor a la hora de coordinar la actuación de los ayuntamientos medianos y pequeños.

Personalmente, reconozco que no se me alcanza dónde reside tan elevada valía. Creo que las autonomías deberían ser más que suficientes, en la mayor parte de los casos, para ejercer la coordinación y prestar servicios a sus municipios. Y, en todo caso, no logro comprender -está bien, reconozco que no soy un experto, pero ¿es preciso serlo?– que, a esa tarea, tantas veces ejercida por las mancomunidades o directamente desde las consejerías de las comunidades autónomas, sea necesario destinarle más de veinte mil millones y más de sesenta mil funcionarios.

Siento tener que expresarlo con esta crudeza, pero me inclino cada día más a pensar que en el fondo de esta polémica subsiste una resistencia al cambio derivada del hecho de que en las diputaciones se han congregado desde hace años no poco favores personales y una buena dosis de clientelismo político. Y que nadie interprete por exceso lo que estoy diciendo: aun reconociendo, faltaría más, la dedicación de esos funcionarios, se trata, simplemente, de que me parece que o bien sobran las diputaciones, sin más, o bien hay que redimensionarlas drásticamente, incluyendo algunos edificios faraónicos que las albergan. Otra cosa sería mantener la vieja política seguida por ese bipartidismo tan zarandeado en las urnas.

Lo que verdaderamente me asusta es que, si en torno a esta cuestión se centra una feroz batalla política subterránea, ¿qué hubiese ocurrido si el pacto Ciudadanos-PSOE hubiese adquirido las dimensiones reformistas y regeneracionistas verdaderamente necesarias, abarcando muchos campos hasta ahora ‘intocables’? Está claro: hay quienes, defendiendo intereses creados, no quieren ni siquiera que algo cambie para que todo siga básicamente igual. Las diputaciones provinciales son un buen test para comprobarlo.

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