Javier de Lucas

¡Danzad, danzad; malditos!

¡Danzad, danzad; malditos!
Javier de Lucas. PD

Hace pensar el afán que tiene el ser humano de intentar modificar lo inmutable. Solemos empeñarnos en actuar e influir sobre el estado natural de las cosas como si nuestra lectura sobre ese estado fuera capaz de mejorar el acontecer ya perfecto de la naturaleza.

Podemos interpretarla para aprovechar los recursos y alternativas que nos ofrece, pero nunca con tanto egoísmo que nos haga olvidar el beneficio de la mesura y el perjuicio del exceso.

Lo mismo pasa con la historia, que no deja de ser la cultura y la naturaleza de los acontecimientos humanos escritos en el tiempo; ambas, naturaleza e historia, tienen su tempo y su tiempo para ser interpretados y escritos respectivamente; pero en ninguno de los casos podemos modificar lo consumado; aunque sí podamos advertir de lo por venir gracias a lo que la experiencia nos enseñe. Sea como fuere, no queda otro remedio que aceptar los hechos consumados y, en cualquiera de los casos, aprender a convivir con ellos.

Cierto es que en todas las sociedades y civilizaciones se ha producido la evolución y el progreso con arreglo a las organizaciones sociopolíticas dimanantes de los diversos sistemas o regímenes políticos. Y a la vista de los hechos, parece lógico que la historia evolucione y progrese en función de la cabalidad y el buen juicio de los gobernantes, que son finalmente los que deberían resolver las necesidades de la sociedad. Vista la historia de forma retrospectiva y teleológica todo nos hace pensar que su evolución tiende al entendimiento entre los hombres, hacia el respeto a toda creencia e ideología, hacia la asunción por parte del pueblo del poder individual, en cuanto capacidad de logro, y cuya suma de poderes individuales hace que la soberanía recaiga en el conjunto de la ciudadanía. Esto es una gran responsabilidad.

Pues bien, todo esto que nos parece tan lógico y razonable, y que llamamos democracia, es un hecho necesario en la evolución de los pueblos; aun así nos atrevemos a contingencializar lo necesario. Todo lo que pretenda, en el seno del conjunto de la ciudadanía, anular un pensamiento, una ideología política, la libertad del otro o atropellar los derechos de quien correspondan, no es más que una retrogradación al primitivismo, la idiocia, la estulticia y la burricie. En definitiva, es desandar lo andado, como tantas veces se ha producido en la historia con unas consecuencias nefastas y trágicas.

Esto suele ocurrir cuando se pretende imponer pensamientos conductistas esgrimiendo la libertad de uno para invadir la libertad del otro, sin tener en cuenta el principio kantiano de que la libertad de cada uno termina donde empieza la libertad de los demás. Y la motivación última que subyace en estas acciones no es más que la no aceptación de lo consumado, el odio y el resentimiento… Así hemos llegado a hacer del mundo una indignidad y una falacia.

Tácito nos viene a decir en sus Anales, que la historia hay que contemplarla sin ira ni parcialidad; e incluso, nos pone en guardia, al recordarnos que suele ocurrir lo contrario, cuando la historia es escrita por los muy próximos y afectados en ella, al no estar libres de ira y carecer de objetividad en los hechos.

En ese momento es cuando el compromiso del gobernante hacia la ciudadanía se quiebra y se doblega como una frágil hierba seca, hasta convertirse en auténticos demagogos plutócratas que sólo defienden sus intereses personales, olvidándose del desarrollo y el bien de la comunidad. Gobernar así un país es muy fácil, sólo es necesaria una presión fiscal arbitraria sobre el ciudadano; cuando ocurre esto, las leyes se debilitan porque se establecen raseros diferentes para cada momento y circunstancia; y hasta la Constitución, que es nuestra ley fundamental [«rey»], ceñida de la espada de la Justicia [autoridad] y el Poder aprobado y conferido por la mayoría ciudadana, queda en precario al albur de cualquier vulneración: ¡El rey sin espada, el mundo sin rey!

Las injusticias hacen hombres injustos; y eso es lo grave, porque cuando la corrupción, sea en el ámbito y sobre lo que sea, se institucionaliza, llega a arraigar por mimetismo y simpatía hasta en los votantes, formando una simbiosis tan peligrosa como difícil de erradicar: al final, el «todo vale» hace que todo se corrompa.

Nos encontramos en una situación límite, porque ante la debilidad y el vacío relativo de gobierno, aparecen los salvadores de patrias, lo populistas cargados de promesas gratuitas y sofisticadas, con las consecuencias que ello conlleva. Ya lo decía Hölderlin: «…Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno»; en cuyo caso, y esto ha de ser con la ley y el sentido común, sigue diciendo: «¡Que cambie todo a fondo! ¡Que de las ruinas de la humanidad surja un nuevo mundo! ¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos! En el taller, en las casas, en las asambleas, en los templos, ¡que cambie todo en todas partes!…»

Vivimos en un momento históricamente inédito, ante cuya calamidad, es obligado cambiar las cosas desbrozando la maleza del panorama político nacional. Se impone reformar mirando hacia los más débiles y necesitados, los más vulnerables, haciendo justa aplicación de derechos, deberes y amparos para los que aun disponiendo de lo justo al final de su vida, cargan sobre sus paupérrimas economías con las necesidades de toda la familia… Y, sobre todo, se impone mostrar la cara implacable y justa de la ley, aplicándola con todo rigor contra los que representándola la han ultrajado.

La herencia política que éstos nos dejan no es más que desesperanza para los jóvenes y sufrimiento para los más frágiles, máxime si son los mayores: las lágrimas son terribles sobre las arrugas.

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