Fernando Jáuregui

El (im)previsible discurso de míster previsible

El (im)previsible discurso de míster previsible
Pedro Sánchez, candidato y líder del PSOE. PD

Como acepto y asumo que Mariano Rajoy es un señor, como él se califica, previsible, auguro que su discurso de respuesta al de Pedro Sánchez este miércoles en la sesión de investidura del candidato socialista (que será también previsiblemente fallida) va a moverse dentro de los parámetros convencionales.

Es decir, me temo que cometerá el error de aferrarse en sus palabras al mismo palo mayor con el que hasta ahora ha sorteado las tormentas, aludiendo a la difícil herencia recibida de los socialistas, a la cerrazón de Pedro Sánchez por no aceptar su oferta de integrarse en una ‘gran coalición’ y abundando en resaltar los dislates que, según su criterio, se contienen en el articulado del pacto suscrito entre el PSOE y Ciudadanos.

Sospecho -es lo previsible, ya sabe usted- que el presidente aún en funciones añadirá algo de lo bien que ha ido la economía española en esta Legislatura ya concluida y reiterará que, habiendo sido el PP -y él mismo- los más votados en las elecciones de hace ya setenta y dos días, a él le corresponde encabezar el próximo Gobierno que salga del galimatías en el que, entre unos y otros, nos han metido -esto, por supuesto, lo dice quien suscribe, no Rajoy–. Y, sin duda, no olvidará aseverar que él, Mariano Rajoy, es la única solución viable para que el panorama político se aclare.

Con lo que, tras el empecinamiento de Sánchez por aferrarse a un posible -que es más bien imposible– acuerdo con ese Podemos que lo que quiere es quitarle el protagonismo, la vicepresidencia y un montón de ministerios, el discurso de Rajoy vendrá a prolongar la parálisis política, tan peligrosa, que padecemos. Lo que digan los demás, incluyendo a Albert Rivera y al propio Pablo Iglesias -que no, que no quiere pactar con el PSOE; el secretario general de Podemos sí que es previsible. Además, ¿de qué serviría, a estas alturas, que pacte con los socialistas?–, poco importa ya en estos momentos.

Lejos de uno la tentación de dar consejos a nadie, y menos a alguien que, como Rajoy (o, ya que estamos, Sánchez), está persuadido de estar en la verdad, mientras que el resto del mundo, excepto la camarilla de los aplausos, vive en el error.

Pero, en mi concepto de la grandeza política, se encontraría hacer precisamente lo contrario de lo que previsiblemente hará el presidente en funciones: es decir, pienso que habría de blandir el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, tomarlo, con las excepciones que se quiera, como propio, y ofrecer a Sánchez y Rivera un acuerdo en torno a esas sesenta y seis páginas alumbradas por el pacto suscrito por ambos hace poco más de una semana.

Como me siento optimista en este cuarto de hora, pienso que incluso puede que algo de eso, aceptar el pacto PSOE-C’s como una base de negociación, acabe haciendo desde el atril el presidente en funciones -que, a este paso, seguirá siéndolo aún unos meses–, pero lo más difícil vendría después: «y si yo soy un obstáculo para ese acuerdo que forje una mayoría para gobernar, daré paso a otro miembro del PP para que encabece ese Gobierno tripartito», habría de decir el todavía inquilino de La Moncloa.

A eso, en el turno de réplica, Pedro Sánchez bien podría responder que realizará una nueva consulta a sus militantes, para saber si aceptarían esta salida en lugar de otras ‘de izquierda’.

Claro que usted y yo sabemos que ni Rajoy hará nada que tenga que ver con dar un paso a un lado, ni Sánchez dará un paso atrás en su ‘no, nunca, jamás’ a cualquier acuerdo con el PP, aunque sea con un PP diferente al que ahora tenemos.

Aquí nadie va a ceder el paso a nadie, porque Sánchez es también, y esto coincide -qué le vamos a hacer; ya supongo que no le va a gustar que se lo digan- con Rajoy, un hombre previsible. O quizá la definición sea más bien ‘testarudo fascinado por el abismo’.

Lamentable el diálogo de sordos entre los dos personajes con mayor relevancia política del país, precisamente cuando ahora lo que parece que España necesita es sorprenderse ante lo imprevisto; porque lo otro, el desastre político, ya lo estamos previendo todos, en medio del aburrimiento que nos anega con esta gente que nunca se sale del carril.

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