Ignacio Camacho

«Lo de Sánchez, más que un discurso de investidura parecía una rueda de prensa»

"Lo de Sánchez, más que un discurso de investidura parecía una rueda de prensa"
Ignacio Camacho. PD

Ignacio Camacho sacude de lo lindo a un Sánchez que aún debe estar buscándose a sí mismo:

No es que le falten votos: es que tampoco le sobran ideas. Por eso se las tiene que pedir prestadas a Albert Rivera, que al menos como campeón de oratoria las habría defendido bastante mejor, con más emoción, menos tedio y más carisma. Porque el discurso del candidato Sánchez fue gaseoso, endeble, insustancial y soporífero. Como desganado. Las medidas concretas que contenía, procedentes del pacto con Ciudadanos, las había aireado tanto en los días previos que parecían ya gastadas para venderlas como novedades. Los estacazos a Rajoy -casi uno por párrafo, menos mal que comenzó diciendo que los españoles están cansados de oír reproches- eran de repertorio. Y los mantras tolerantes del diálogo, el acuerdo y el respeto recordaban demasiado al célebre «talante» de Zapatero. Más que una sesión de investidura, aquello parecía una rueda de prensa. Ha dado tantas en los últimos meses, a veces hasta dos diarias, que no sabe salir del tono. Para ser una moción de censura al PP, como se deducía de un núcleo argumental sostenido casi exclusivamente en la oportunidad de echar a un presidente más que en la de elegir a otro, le faltaba vuelo, convicción, aliento. Y apoyos, claro.

Añade que:

El único que traía atado -porque el de Coalición Canaria, un solitario voto, se disipó por la mañana- era el de C’s, cuyo soplo inspiraba en buena medida los folios de propuestas, pero no el lenguaje alicorto y ramplón que a falta de mejores citas de autoridad recurría a los chefs de moda. Ante esa carencia de masa crítica, Sánchez dirigió toda su alocución a cortejar, o más bien implorar, a un Pablo Iglesias cuyo rostro rígido expresaba su voluntad de hacerse el estrecho. Al aspirante le traicionó el subconsciente: una de las palabras que más repitió fue «podemos». Podemos hacer, podemos construir, podemos cambiar. Tendría que haber usado el condicional: podríamos. Porque la realidad que latía en toda su intervención era la conciencia manifiesta y bastante descorazonada de que sin Podemos no puede. Y Podemos, por ahora, no quiere. No sin un precio. No a cambio de nada.

Y sentencia:

Por eso había algo de patetismo en los aplausos frecuentes de su bancada: nunca sonó en sesiones así una claque tan escuálida. Los diputados de Ciudadanos guardaban una distancia discreta y silenciosa, de tal modo que los palmeros socialistas quedaban jibarizados en un hemiciclo de aspecto ceñudo, contrariado o simplemente aburrido. De hecho, Sánchez terminó aceptando su voluntarismo; el cierre del discurso fue una justificación autocomplaciente que venía a sugerir que su mérito consistía en haberlo intentado. El latiguillo anafórico de «a partir de la próxima semana» sonaba como un desiderátum melancólico, como una especie de sortilegio para invocar el milagro de convertirse en presidente por carambola. No como el líder de un proyecto, sino como el improvisado beneficiario de una casualidad histórica.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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