Laureano Benítez Grande-Caballero

Los desentierros de Abelcaín

El afán de la progresía por homenajear a las víctimas franquistas se olvida de traer a la memoria las víctimas de la persecución religiosa de los años 30

Los desentierros de Abelcaín
Laureano Benitez Grande-Caballero. PD

En la noche gótika que ha caído sobre España con sus bestias negras -una jauría espeluznante donde aúllan lobunamente asaltacapillas, zapatiestos, titirietaras, genitartistas y okupas de todo jaez-, no podía faltar una de sus especies más significativas y escalofriantes: los desenterradores.

No hay que extrañarse, pues estamos en la era «zombie», no sólo por los pueblos completamente idiotizados por los medios de comunicación como es el nuestro, sino porque los macabros frankesteins están por todas partes, invadiendo desde la diabólica patochada de los «jalouin» muchos ámbitos de la kulturbasura popular, especialmente juvenil, hasta conformar un «holocausto zombie» sideral y grotesco.

Los desenterradores no son una creación genuinamente española, ya que el robo de cadáveres siempre ha sido una práctica habitual con el fin de venderlos para disecciones y clases de anatomía en las escuelas de medicina. Sin embargo, en España le hemos dado un giro original a esta macabra actividad, pues nuestra especialidad es desenterrar como arma política, como ataque a la religión, como venganza con la que ajustar cuentas con un pasado irredento.

El toque español se observa además en el esperpéntico afán «artístico» que pretenden tener estos desentierros, que sus perpetradores asignan sin pudor al arte que se da en llamar «performativo», lo cual no deja de ser gracioso, un verdadero guiño del destino, pues «performance» es un vocablo inglés que viene a significar algo así como «arte en vivo», frecuentemente con intención de denuncia.

O sea, que ya sabemos por qué los desenterradores más acreditados son «performers»: en el fondo, quieren resucitar a los muertos. No es broma, pues a los desenterradores de cadáveres se les llamaba «resurreccionistas» en un pasado no muy lejano.

La Ley de Memoria Histórica es el reflejo en nuestra legislación de esta zombiemanía. Así, se han desenterrado personajes supuestamente franquistas para borrarlos del callejero, se han desmochado lápidas en los cementerios, y se ha emprendido la búsqueda de cadáveres en fosas comunes.

El desenterrador más famoso que tenemos actualmente es el pamplonés Abel Azcona, que es el creador de «Desenterrados», «performance» que inauguró en Pamplona el pasado mes de noviembre en la sala Rodezno, recinto que fue construido para albergar un monumento a los caídos nacionales durante la Guerra Civil.

Sabia elección, desde luego, pues la muestra fue creada para recordar a las víctimas franquistas de esos años. También es bastante significativo que la exposición tuviera a Pamplona como escenario, ya que así la apoteosis es total: el Abel de marras creó nada más y nada menos que «los desentierros de san Fermín».

En el transcurso de la «performance», el «artista» convocó a familiares de víctimas del franquismo, y en un espectáculo alucinante vertió tierra procedente de la huerta de una de las víctimas sobre sus cuerpos tumbados en la plaza.

Pero… ¿no se trataba de desenterrar?

Sin embargo, lo más tremendo de esta giliexposición fue el blasfemo espectáculo llamado «Amén», donde el giliartista compuso la palabra «pederastia» con 242 hostias consagradas. Justamente estos días se está celebrando la vista de la denuncia presentada contra el maligno «performer» por la Asociación de Abogados Cristianos, aunque el debate de la investidura la haya eclipsado.

Desde luego, no se arrepiente de nada: «En el momento de comulgar, me meto la hostia en el bolsillo. No hago nada ilegal, dado que son asociaciones eclesiásticas con sedes abiertas al público a las que cualquiera puede acceder, donde nadie te dice qué tienes que hacer con la hostia […] Me las metí en el bolsillo como me las hubiera podido meter en el culo si me hubiera apetecido».

A esta escuela de «pseudoarte performativo» pertenecen también el genitarte, los titiritartes de Tetuán, las kabalgartes, y todas esas «performances» vomitadas por los antros okupas. Incluso, con un poco de condescendencia, podemos decir que la Rita Maestre hizo una «performance» artística con su asalto a la capilla, en la que desenterró lo del 36 con su «body art». Y no me digan que no es una «performance» espectacular de desentierros meter 6 millones de judíos en un cenicero. Igual al Abel ese le da por hacer lo mismo, pero con cristianos o franquistas, vete a saber.

En el fondo, todo esto de los desentierros no es sino un «revival» de la famosa película «Sé lo que hicisteis en la última guerra». Lo sospechoso, es que sólo se desentierran los muertos que le interesan a la progresía radical, cuando ella esconde un gran mausoleo del horror en sus armarios.

Sin contar las víctimas nacionales ajusticiadas por el rojerío, la persecución religiosa que sufrió España durante la Segunda República fue de tal magnitud que se puede hablar de un verdadero holocausto, que no suele ser objeto de desenterradores.

Pero como también yo tengo mi derecho a desenterrar, me abrogo el derecho a coger un pico y una pala para desenterrar a quien me dé la gana, aunque no se me dé bien eso de las performances. A ver si el Azcona se anima a hacer alguna con mis muertos.

Puestos a la labor, la Segunda República figura con pleno derecho en los anales de la historia siniestra de los desenterradores, aunque tuvimos ya un anticipo en la «Semana trágica» de Barcelona, donde se dio el macabro caso de que un disminuido mental se marcó un baile con la momia de una monja.

El auténtico rey de este funesto sindicato de desenterradores fue el anarquista José Olmeda, cuyas milicias tomaron la madrileña Iglesia del Carmen, donde llevaron a cabo una profanación espantosa: sacaron los cuerpos y esqueletos de curas y monjas, y los dispusieron de tal manera que evocaran toda clase de posturas sexuales. Por si esto fuera poco, hicieron de este sacrilegio una exposición por la que cobraban entrada.

Esto sí que fue una «performance», ¿verdad, Abelito?

El sacerdote Antonio Montero Moreno publicó en 1961 el que posiblemente sea el único estudio riguroso que se ha realizado hasta ahora sobre este holocausto, hasta el punto de que llega a citar a las víctimas por sus nombres.

Según su investigación, en la zona republicana fueron asesinados 12 obispos, 4184 sacerdotes seculares, 2365 religiosos y 263 monjas. Casi 10.000 víctimas en total.

También afirma que gran parte de estas víctimas se produjeron en un semestre de 1936, aseverando que ni siquiera en las persecuciones romanas puede encontrarse un precedente de un sacrificio tan sangriento.

Entre los años 1934 y 1939 se produjeron en España más mártires que en los 19 siglos anteriores. Especialmente llamativo fue el caso de Barbastro, diócesis que fue totalmente aniquilada. Su obispo, monseñor Florentino Asensio, fue detenido por milicianos el 8 agosto 1936. En una celda del Ayuntamiento le sometieron a todo tipo de torturas, hasta el punto de que llegaron a cortarle, entre risas, los genitales.

Mientras le vejaban y humillaban, le decían: «No tengas miedo. Si es verdad eso que predicáis, irás pronto al cielo».

Su respuesta fue concluyente: «Sí, y allí rezaré por vosotros».

Después de asesinarle, le arrancaron los dientes y le robaron la ropa».

Se calcula que el diabólico pogrom contra los católicos produjo la destrucción de 20.000 iglesias, de la cual ha quedado una abundante muestra gráfica, en imágenes donde puede contemplar a los milicianos profanándolas, posando con los ornamentos litúrgicos o incluso con los cuerpos exhumados de sacerdotes y religiosas.

El testimonio más esclarecedor a este respecto la dio Manuel Irujo, el ministro católico sin cartera del PNV, quien en un informe interno presentado ante el Consejo de ministros el 7 enero de 1937 afirmaba que «Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso».

Ya lo ves, Abel, que eres tan «performer» que te has convertido en cainita, pues muchos como tú fueron los que bailaron con momias de religiosos en el 36. Abelcaín, no has inventado nada, pues aquello del 36 sí fue un espectáculo «en vivo». ¿Desenterrarás esos cadáveres algún día, para hacer una de tus «performances»? Sería sencillo: coges 242 calaveras de religiosos martirizados y, con ellas, compones la palabra «Martirio».

Y yo que lo vea. Amén.

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