Santiago López Castillo

Por el interés, te quierao, Andrés

Por el interés, te quierao, Andrés
Santiago López Castillo. PD

En este cambio de trenes y estaciones, conviene desempolvar adagios sabios como del dicho al hecho hay un buen trecho o por el interés, te quiero, Andrés, que determinados intervinientes que ayer eran críticos con su partido y hoy transmutan en fervientes admiradores. He tomado como ejemplo a los socialistas Cristina Alberdi y José Luis Balbás, y perdón por señalar con el dedo.

Ella, a la que invité con cierta profusión en su etapa de diputada a mi programa «Parlamento» de TVE, y por la que siempre tuve gran aprecio, inteligencia y voluntad, hoy me asombra con su adhesión inquebrantable a Pedro Sánchez, alias el Guapo o vendedor de la planta de caballeros de El Corte Inglés. Alberdi defendía con criterio positivo los postulados del PP, y es que Esperanza Aguirre, en su etapa de alcaldesa matritense, la nombró algo así como directora del observatorio para la violencia de género, título rimbombante pero que da mucho pisto en el mundo social y político. Duró lo que duró. Y salió del cargo porque entró Carmena, ¡ay, Carmena!, con la ayuda de Carmona, el que se iba a comer al mundo mundial. Y el otro personaje que he venido admirando por su ecuanimidad es Balbás, economista crítico del PSOE, al que le entendía y eso que yo soy de Letras, aunque no tenía el gusto personal. Verle, de pronto, apoyando al mequetrefe Sánchez, me dejó atónito.

Pero hay gentes cabales en el PSOE. Lo que hoy se llama la «vieja guardia», sin renunciar a sus ideales, no empaña escuchar a José Luís Corcuera o a Joaquín Leguina aplicando el sentido común en la gestión de la cosa pública. Lo malo es la obcecación y hacerse el sordo para la subvención de la Once. De un lado y de otro, he oído decir que el mayor enemigo está dentro del propio partido. Y que unos nacen con estrella y otros estrellados. El ser humano es receptivo al aplauso, al peloteo. Cuando algunos de mis redactores me llamaban «jefe», servidor pedía que me llamaran por mi nombre. No me gustan, pues, los palmoteos ni en los días de gloria ni en los del sepelio, hábito extendido cuando te sacan a hombros por la puerta falsa.

Lo que me entristece, en todos los órdenes de la vida, es la utilización del ser humano. Rajoy, hablando de todo un poco, fichó como un súper-estar a Ramón Pizarro, economista de gran valía, y luego le dio por el culo. Rosa Aguilar, destacada comunista que, antes que el iracundo Pablo Iglesias, sacó lo de Felipe con «las manos manchadas de cal», hoy milita en el PSOE para mejor memoria de Pablo Iglesias I y todos los palos, que son pocos, se los lleva el líder de Podemos al que habría que desterrar a Venezuela sin billete de vuelta.

Para aplausos, oiga, el del niño chico cuando ve que llega la papilla de su gusto pero no se expresa de la misma manera cuando ve al abuelo en el ataúd arropado en llanto y oraciones. Así es la vida. Así es la política.

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