Antonio Burgos

«¿Por qué en vez de Rajoy no se va Pedro Sánchez, que fue quien perdió las elecciones?»

"¿Por qué en vez de Rajoy no se va Pedro Sánchez, que fue quien perdió las elecciones?"
Antonio Burgos. PD

Antonio Burgos pone negro sobre blanco la gran pregunta que se estarán haciendo millones de españoles, la de ¿por qué en vez de insistir tanto en que hay que echar a Rajoy no se despide con cajas destempladas a Pedro Sánchez que, en la práctica, es quien perdió las elecciones? Más razón que un santo tiene el maestro sevillano:

Hay muchas cosas del debate que, como soy de pueblo, sigo sin comprender, por muchas horas que me haya pasado ante el televisor, muchas tertulias que haya oído y leído muchos análisis. Por ejemplo, un misterio insondable: ¿por qué don Francisco Javier López, alias Pachi, aparecía escoltado en su presidencia del Congreso por dos ujieres perfectamente ataviados con sus uniformes de gala con entorchados y todo, y en los escaños había un montón de diputados en mangas de camisa y lo que se dice de trapillo? Y otrosí: ¿por qué ERC decidió que intervinera un tal Rufián, charnego perfectamente caracterizado de Miguel Poveda, que, vamos, parecía que en vez de justificar su «no» se iba a arrancar metiendo «Ojos verdes» por bulerías? Un poquito de compás, la verdad, no le habría venido mal a la sesión; habría tenido más aplausos que Sánchez en sus habituales descalificaciones de Rajoy.

Subraya que:

¿Por qué se odian tanto? ¿Odia más Sánchez a Rajoy que Rajoy a Sánchez? Me parece más bien lo primero que lo segundo. Cada discurso de Sánchez en los dos gatillazos, dos, de su investidura han sido sendos recitales de odio contra Rajoy. No creo que los socialistas odien tanto a los populares como Sánchez a Rajoy. Es un odio, ¿cómo les diría yo? Tuneado, no de fábrica. Se vio al final de la sesión, cuando por segunda vez Sánchez quedaba no como Cagancho en Almagro, sino un poquito peor. En los pasillos del que cursimente llaman «el palacio de la Carrera de San Jerónimo», que ni es palacio ni es nada, un simple edificio parlamentario, cuando acabó el segundo gatillazo, vimos a Sánchez ante un campo de alcachofas mediáticas. Ante las que hizo en plan uno, dos y tres, tres banderilleros en el redondel, un resumen de lo que había pretendido y de cómo había quedado la cosa: imposible para vos y para mí. Como los mandamientos de la ley de Dios se encierran en dos, el ego de Sánchez quedó resumido por él mismo en su odio reconcentrado: «Hay que echar a Rajoy». A la palabra «cambio» le han buscado una nueva acepción Sánchez y los que con él son una amanenaza de horizontes de Frente Populachero, ¡ojú, lo negro que viene por ahí! Como para González el cambio era «que España funcione», para Sánchez el cambio es «echar a Rajoy». No hay nada más gaditano. Más que el «Juan Sebastián de Elcano», que ahora emprende nuevo crucero de instrucción. Le preguntaron al Kichi antes de las elecciones cuál era su programa. Y en plan Sánchez, respondió con «solamente tres palabras», como en el bolero: «Echar a Teófila». ¡Óle, eso es un programa, joé!

Sentencia:

Y digo yo y lo que voy a manifestar quizá sea una tontería de alguien no informado, porque ni vivo en Madrid, ni ganas que tengo, ni soy tertuliano, ni desayuno con ministros, ni ná de ná. En vez de echar a Rajoy, que ha ganado, ¿por qué no echar mejor a Sánchez, que ha perdido? ¿Por qué no ponen ya a otro candidato como menos odio, que por lo menos se siente a hablar, verbigracia Susana Díaz, para formar un civilizado gobierno de concentración, a la alemana? ¿Cómo se mantiene en el machito un señor que sacó los peores resultados que en unas elecciones generales tuvo el PSOE en toda su historia? Por mucho menos, Almunia se fue a la mismísima calle, por no decir al carajo. Pero además tras esos resultados ha perdido una tras otra dos votaciones de investidura, dos. Y en tales circunstancias, quiere echar a un señor que ha ganado las elecciones y sacado siete millones de votos, siete. Que en números redondos son 1.700.000 votos más que los obtenido por el que se empecina en echarlo y que ha pegado por dos veces el histórico gatillazo de la investidura, sin conseguir el que llama «cambio», porque con algún eufemismo hay que disfrazar el odio cainita, tan español por otra parte.

Pero no tengan en cuenta lo que acabo de decir. Como soy de pueblo y osado, me atrevo a formular en voz alta obviedades fuera de lugar. Como la que se me ocurre ahora para salir de la paralización actual: ¿y si se juegan los dos a los chinos la presidencia del Gobierno?

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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