Francisco Javier de Lucas

Vuelve con tu escudo, o sobre él

Vuelve con tu escudo, o sobre él
Javier de Lucas. PD

Sólo han bastado dos jornadas, las del dos y el cuatro de marzo de 2016, para vivir en España una experiencia parlamentaria digna de pasar a los anales de nuestra historia contemporánea.

Pero no, no es principalmente por haberse producido un acto magnífico de brillantez democrática, no; más bien al contrario, y resumiendo eufemísticamente, han sido dos jornadas de perplejidad.

En la antigua Grecia los hoplitas griegos en general, pero más aún los soldados espartanos, cuando iban a las batallas se pertrechaban con un enorme escudo pesado de madera y bronce, además de otras defensas; con él defendían la parte izquierda de su cuerpo y la derecha del de su compañero; así se cubría toda la falange, excepto el costado derecho del primer soldado del flanco del mismo lado de la falange… Es fácil, pues, entender la enorme importancia dada por los griegos al escudo (aspís).

La disciplina y dureza de los soldados espartanos era imponente; pero no era menor la dureza de las madres de los soldados, porque el concepto de honor y dignidad estaba por encima de todo. De ahí la máxima de las madres hacia sus hijos: Hijo amado, vuelve; pero con el escudo, o sobre el escudo.

Porque el escudo era el símbolo de la dignidad con la que era defendida la ciudad-estado. Cuando morían en heroica defensa, volvían sobre el escudo a modo de camilla; mas si volvían sin él no podía ser más que por una derrota humillante e indigna…

Pues bien, Sr. Sánchez, Ud. ha regresado de la batalla librada en su intento de investidura, sin dignidad, sin escudo; se lo ha arrebatado su enemigo con toda suerte de ofensas y humillaciones que no son propias de un adversario político que pudiera pretender acercamiento, acuerdos, diálogo, compromisos de estado al fin, con los que poder gobernar un Estado colapsado por la ambición de poder de unos y otros.

Muchos de los ponentes se han referido a la pretensión de encontrar un medio de hacerse con el poder con un gesto y un tono que más que referirse a poder como capacidad de logro o de consecución mediante el diálogo y el respeto a otras formas de pensar, parecen referirse a un poder de dominación del adversario sólo por la sencilla razón de ser de otro signo.

Y es que parece que no se trata más que de descalificar al otro sin más argumento que el de una aritmética parlamentaria que no se sostiene ante el sentido común de unos ciudadanos con una idea clara de lo que significa un Estado democrático y de derecho. ¿Qué es eso de la aritmética parlamentaria? Parece que debe de ser el todo vale con quien sea, con tal de que no gobierne el que más votos ha obtenido.

Y ese «con quien sea» vale, parece ser, aunque momentos antes haya mostrado su talante nulo para gobernar sin rencores ni odios en una sociedad libre que ya ha olvidado las miserias de otros tiempos. Considerar que cualquier acuerdo, por malo que fuere, sería mejor que permitir gobernar a un partido que, sin librarse de reproches más que justificados, no deja de ser un grupo legítimamente constituido y apoyado por el mayor número de votantes, resulta ser una aberración democrática.

Los nuevos medios de comunicación y la tecnología nos permiten ver, con todo rigor a veces, hasta los gestos y sentimientos más ocultos de las personas; casi, podríamos decir, nos leen hasta lo que pensamos; porque hay momentos en que es estéril cualquier esfuerzo por disimular la realidad desoladora que nos atenaza.

El semblante del candidato, a lo largo de estos días de «campaña», ha sido todo un poema; pero el que mostró durante en la segunda vuelta escuchando los discursos de los demás diputados, viendo que se le desvanecía toda posibilidad de «tomar el poder» a toda costa, fue el del rostro demudado de un candidato débil, con una ambición enfermiza por el poder mal entendido, prometiendo lo imposible sin, en ningún momento, tener la mínima deferencia de explicar el origen de los fondos con los que acometer la sarta de promesas que con vertiginosa verborrea repetía una y otra vez…

Gastar resulta muy fácil; sobre todo cuando se cuenta con cuatro años por delante para justificar el coste económico de un programa electoral que no es más que una carta a los reyes magos.

Es triste decir esto, pero estas son las irresponsabilidades por las que los políticos pierden su credibilidad ante la desconfianza y la paciencia ya agotada de los votantes.

Ni vale todo, ni es posible todo; las cosas en política han de hacerse con tanta ponderación y discreción como respeto deben a quien paga, que somos todos. Los experimentos en política no suelen traer más que incertidumbre e inseguridad cuando se llevan a cabo sólo por el mero hecho de justificar una alternancia, que no alternativa, en el poder. Cierto.

Es necesario emprender reformas ad hoc con los tiempos y las necesidades; pero, ¿tantas como para hacer una enmienda a la totalidad sin tan siquiera dar la oportunidad al otro para que muestre sus propuestas y su disposición al acuerdo?

La gente esta muy harta ya de promesas inconsistentes y discursos vacuos, que al final no traen más que un endeudamiento al que es imposible hacer frente en un país cuyos recursos son los que son, con unos gastos inasumibles en un sistema de autonomías que nos ahoga, del que ya nos han advertido hasta la saciedad en tantas instituciones y foros financieros internacionales.
El pueblo tiene un aguante que se empieza a debilitar de forma evidente ante las situaciones de injusticia, desigualdad social creciente y descontrol.

Ay, ¡grandioso Shakespeare…! Los gobernantes deberían hacer caso a las brujas de Macbeth: el bosque de Birnam parece que se mueve… Aplíquense el cuento.

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