Rafael Torres

Pablo Iglesias vuelve a la tele, pero ya no es igual

Pablo Iglesias vuelve a la tele, pero ya no es igual
Ana Rosa Quintana y Pablo Iglesias. Telecinco

Así como la televisión no mató al cine, el correo electrónico no acabó con el correo. Con el género epistolar como una las bellas artes, tal vez sí, pero no con la práctica de escribir cartas, sino antes al contrario.

Internet ha liquidado o suplantado muchas cosas, pero de entre sus muchas e inquietantes funciones se salva ésta del correo electrónico que tanto ha ayudado, por cierto, a cazar rateros en sus escondrijos bancarios, políticos e institucionales, de Caja Madrid a la Púnica, de la Gürtel a Nóos, de los ERE a la Malaya.

Acaba de fallecer Ray Tomilson, el hombre que inventó esa forma moderna de hacer lo de siempre, poner en negro sobre blanco lo que sea para enviárselo a alguien, y justo es que le despidamos con gratitud quienes somos poco o nada amigos de las redes sociales, pero sí de las criaturas humanas una a una.

A propósito de las redes sociales, Pablo Iglesias parece regresar «full time» a su favorita, esa anterior a Internet y que sigue siendo la red social más potente e invasiva: la televisión. En ella se crió (sus referencias culturales provienen de sus series), y desde ella, desde la suya y desde las que tanto cuartelillo le dieron, saltó a la política patrimonializando el movimiento del 15-M.

Sabido es que hay mucha gente que se cree las cosas que salen en la tele, y de ello se aprovechó el líder de Podemos, que ha conseguido trasladar momentáneamente a la realidad sus ficciones televisivas.

Sin embargo, ahora que ha vuelto, y no sólo para matar el tiempo hasta las nuevas elecciones de las que espera grandes resultados, empieza a comprobar que ya no se le ve, ni se le oye, ni se le trata con el arrobo y el mimo de antaño. El rato que estuvo en la realidad, ora haciendo el indio, ora exhibiendo su grosero y desmesurado apetito de poder, le está empezando a pasar factura.

Si Pablo Iglesias fuera inteligente, no sólo listo, vería que ya no es la estrella de la televisión que, en puridad, nunca fue.

Su discurso, siempre en ese tono monocorde con ribetes de falsa modestia y campechanía que le es característico, se confronta ahora con la realidad, esto es, con lo que de él se ha visto y oído alejado de su «zona de confort», la tele. Ahora vuelve a ella, a todos los programas, todo el rato, pero ya nada es igual.

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