Santiago López Castillo

Ratoncito Pérez es Ratón Sánchez

Ratoncito Pérez es Ratón Sánchez
Santiago López Castillo. PD

He tenido en mi casa un inquilino llamado Ratoncito Pérez. No es que se me haya caído un piño, que ya no estamos para los dientes de leche, sino para la mala leche o la leche que han derramado quienes nos invaden, o sea, los podemitos y secuaces. Un micro roedor entró sin llamar en mi casa de campo y ha convivido conmigo con toda normalidad un huevo de tiempo a sabiendas de que, como animalista, no puedo hacer daño a ningún congénere, de dos o cuatro patas. Pues héteme aquí que no he tenido más remedio que pasaportarlo en términos taurinos porque me estaba aniquilando los libros y archivos de la biblioteca. Para ello, un amigo me trajo unas bolsitas puro veneno, tal que la amante despechada, puesto que años atrás apliqué una diminuta ballesta con queso trampa y me descompuse de dolor al oír los chillidos del ratoncito atrapado.

Esta vez, al no percibir los roídos del foráneo, deduje que se habría ido a morir a las tablas, en expresión taurina. Allí también me gustaría ver al ratón Sánchez que se ha venido arrastrando por el camino del pacto cual rata peluda. Ha fracasado, sí, pero no desiste y es tan grande su ansia de poder que es capaz de cualquier cosa, perseguido como le persiguen los sensatos felinos de «la vieja guardia». Lo que más me duele es que esa cohorte de animadores anti PP, incluidos, por supuesto, los cegatos votantes, siga girando entre carcajadas y denuestos previstos y cantados. Sin darse cuenta, por el puro afán de gobierno, y a los hechos me remito, que Rivera sea un lobo con piel de cordero.

Encima, en esta farsa de juego de tronos, que tiene como escenario un Congreso devaluado, envilecido por unos ocupas levantados en armas del odio, se pone como justificación el bien de España, cuando la nación -«término discutido y discutible» -está dando las últimas boqueadas hasta, si Dios no lo remedia, agonizar. Ninis y podemitas acuden raudos al enterramiento: ni valores, ni símbolos, ni respeto, ni vida, ni muerte, viva la eutanasia, ni creencias, ni credos, ni lengua, y menos, Patria y Rey.

Soñar -decía el poeta- es algo que honra al hombre soñador. Cierto es. Pero el sueño ha de tener el respaldo de las actitudes y las conductas y los logros con los pies sobre la tierra. A los hombres sensatos -iba a decir de bien, expresión que no se lleva-, no nos gusta estar gobernados por fantasmas. El gran fracaso de Sánchez obedece, seguramente, a las sábanas blancas en la oscuridad, la ignorancia y la necedad.

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