Fernando Jáuregui

Quién sabe en qué acabará Podemos

Quién sabe en qué acabará Podemos

Una de las muchas incertidumbres que pesan sobre la política española es, a mi juicio, el futuro de Podemos.

Es un fenómeno nuevo, refrescante y, a la vez, me parece que imposible: no veo a Podemos gobernando ni siquiera en la vicepresidencia que Pablo Iglesias exige para sí, además de varios importantes ministerios para los suyos.

Eso no sería cambio -una gran coalición ya sería un cambio sustancial sobre lo que tenemos–, sino salto al vacío. Creo que todos lo entienden, incluyendo a Pedro Sánchez, que está viendo, confío, disiparse las nieblas que un día le hicieron soñar con ir a parar a La Moncloa apoyado por muy, pero muy, extraños compañeros de cama.

Ahora, como decía, falta saber qué papel le cabe a Podemos en la actual sociedad española. Estamos, como en la primera transición, debatiéndonos entre la evolución -que sería esa gran coalición o una variedad semejante- y la ruptura, personificada en Pablo Iglesias okupando una vicepresidencia, etc.

Y, como en aquella primera transición, tenemos a la Platajunta -el conjunto de las fuerzas de la izquierda, con los partidos a veces más dispares sentados en plano de igualdad en torno a una mesa- intentando encontrar un hueco para esa ruptura que impida la evolución. Siempre creí que aquella ‘platajunta’, surgida de la fusión entre dos plataformas de izquierda diferentes, jugó un papel muy importante, incluso en su fracaso, a la hora de definir qué democracia queríamos los españoles.

Pero, al final, fue un hombre providencial, Adolfo Suárez, de cuya muerte ahora se cumplen dos años, aliado con los evolucionistas del Movimiento (como Martín Villa), por un lado, y con un muy realista Santiago Carrillo, por otro, quien logró desatascar, en condiciones mucho más difíciles que las actuales, un considerable embrollo político: ¿cómo hacer avanzar al país por una senda de libertades y europeísmo tras la muerte del dictador?

La ‘Platajunta’, en la que ya empezaba a destacar un PSOE ‘renovado’ en Suresnes en 1974, de la mano de Felipe González, ni siquiera pudo enterarse cabalmente de por dónde llegaban los tiros con la creación de la UCD, como apenas pudieron enterarse, hace tres semanas, los modernos ‘platajunteros’ de que, en un despacho contiguo, Pedro Sánchez y Albert Rivera finalizaban una negociación que, en el fondo, significaba el corte de los lazos con la izquierda.

Esto no quiere decir que haya que marginar a esos partidos, de desigual valor, del futuro político. Todo lo contrario; creo que Podemos y, en menor medida, Izquierda Unida y otras formaciones emergentes locales -Compromís, Mareas o la ‘movida’ de Ada Colau- representan y canalizan a millones de españoles hartos de ser gobernados a la antigua usanza, indignados por abusos de índole variada y por un lenguaje y unos modos por los que no se sienten representados. Pero pienso que la distancia entre sus postulados y el PSOE es mayor que la que separa a los socialistas -y, sobre todo, a Ciudadanos- del Partido Popular.

Siento decirlo, y siento aún más que con ello haya quien se empeñe en encasillarme en el pensamiento conservador, pero de esta no salimos sino es con una gran coalición tripartita, en la que tanto el PP como el PSOE -y, en lo que le toque, Ciudadanos- renueven y regeneren, especialmente el primero, cuanto tengan que renovar y regenerar. Y si, en ese proceso, sus máximos dirigentes se empeñan en no entenderse, quizá haya que ir pensando en un relevo.

¿Y Podemos? Siempre he pensado que a esta formación, coaligada o simplemente fusionada con Izquierda Unida, le cabe un papel muy importante como ‘acelerador’ de la evolución necesaria en nuestra legislación, en nuestras instituciones, en nuestros partidos políticos y -lo digo ahora que comienza el congreso de UGT que sustituirá a Cándido Méndez, esperemos que en algo más que un cambio de caras- en nuestros sindicatos. Y también en nuestra sociedad civil, tan atrofiada. Para no hablar del papel integrador que podría jugar, si quisiera -que hasta ahora no parece querer mucho–, en el ámbito territorial.

No creo que el ímpetu electoral de Podemos vaya a ir, por ahora, a menos, por mucho que, a veces, alguno de sus líderes se empeñe en mostrar su peor cara; pero tampoco puede, entiendo, ir a más, al menos hasta que no haya superado sus muchas contradicciones, entre ellas la de aspirar, casi como sea, a la toma del poder: tiene que desterrar definitivamente los restos ‘bolivarianos’.

Faltan algunos años para saber si Podemos acabará como algunos de los partidos, que entonces parecían tan en auge, de la ‘Platajunta’ o si se convertirá, superados algunos de esos aspectos negativos, entre los que no están algunos que quieren atribuirles sus peores enemigos, en una gran fuerza que contribuya a instalar a España, definitivamente, en la modernidad. Lo que no puede hacer ahora Podemos, y esta es, claro, una opinión a título personal, es gobernarnos. Ni vicegobernarnos.

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