María Pilar García Jáuregui

¿Necesitan «lobos» los partidos políticos?

¿Necesitan "lobos" los partidos políticos?
María Pilar García Jáuregui. PD

Mikel Lejarza Eguía, alias  El Lobo fue un infiltrado de los servicios de inteligencia en ETA durante la década de  1970. Sin duda debió de hacer un buen trabajo al servicio de todos los españoles que rechazamos el terror y los asesinatos de la banda. Pero, señores, un partido político no es ETA. Los afiliados y cargos políticos no son terroristas. Aunque con ocasión del hartazgo actual con la corrupción haya voces involucionistas a las que seduzca tal comparación.

Esta introducción viene a colación del artículo «Fran Herviás, el lobo que se ‘come’ las ovejas negras de Ciudadanos», y publicado en El Mundo recientemente. En la citada entrevista se hace referencia al secretario de Organización de la formación naranja de quien se recoge el apodo con el que algunos en Cs se refieren a Herviás: «el lobo».

El término lobo aplicado a un diputado que dice actuar carta-ética-en-ristre parece muy loable pero puede no serlo tanto. Pongamos por caso que un lobo cualquiera inicia una purga de manual pero que, en el camino, se encuentra con su sesgo y este comienza a susurrarle al oído quienes son los buenos y quienes los malos. Y, de acuerdo a tal cantinela, el lobo-que-se-come-a-las-ovejas aplica una doble vara de medir a la hora de investigar a unos «porque me caen mal» o a mirar para otro lado en el caso de aquellos que «no han de ser investigados porque son buenos chicos».

A este inconveniente de las apreciaciones particulares hay que añadirle el hecho de que, por tradición, los lobos-que-purgan-en-los-partidos actúan casi siempre aupando a los protegidos. Luego, algunos de estos les salen rana y los expulsan ipso facto no fuera ser que alguien reclamara la dimisión del propio lobo por haber sido el avalador de su candidatura en primer lugar.

Usar el término lobo asociado a un investigador dentro de un partido político es muy desafortunada. Lo que necesita Cs, como cualquier otro partido político es un buen comité de garantías que dirima asuntos internos de forma contrastada, clara, transparente, eficaz, rápida y tome decisiones independientes y no al servicio del jefe de turno esperando una promoción. Dotar de recursos al comité es cuestión primordial. Pero, ¿qué porcentajes destinan los partidos a tal fin?. En general, cantidades ridículas si las comparamos con los gastos empleados en campañas electorales.

Dejar el cometido de reprender comportamientos ilícitos al buen hacer y entender de una sola persona, aunque sea más barato, es un error que termina teniendo lamentables consecuencias para la regeneración que se quiere defender. Todo intermediario es subjetivo y desarrolla actitudes tendenciosas por muy inteligente y capaz que sea. Se necesita un buen equipo de profesionales constituidos en comités de garantías independientes, y con recursos, para dotar a estos procesos de los derechos de exposición, contraste y defensa que nuestro sistema otorga a cualquier ciudadano cuando su comportamiento es juzgado por otros. Los afiliados y cargos de un partido no deberían ser menos. Se llama separación de poderes. Se llama Justicia. Se llama Democracia. Y debiera ser aplicada y puesta en práctica en el interior de los partidos políticos por aquellos que la reclaman y se benefician de ella cada día en los Parlamentos de España.

María Pilar García Jáuregui, Socióloga.

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