Pedro Calvo Hernando

Pedro y el síndrome de hermandad siamesa

Pedro y el síndrome de hermandad siamesa
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. PD

En esta galaxia de insensateces y de actitudes incomprensibles de los partidos y sus líderes antes y después del intento fallido de investidura, hay algo que destaca sobre todo lo demás.

Me refiero al síndrome de hermandad siamesa que ha ganado la voluntad de Pedro Sánchez en relación con Albert Rivera. Esto sí que no lo entiende nadie, pues, entre otras cosas, con ello el líder socialista lo que consigue es bloquear todavía más una situación que considerábamos imposible de acrecentar su bloqueo.

Hasta puede ser ridícula esa pretensión de ser acompañado por Rivera hasta para ir al baño.

El caso es que no lo entiendo, pero además me da mucha pereza acometer el esfuerzo intelectual de intentarlo, ante el previo convencimiento de que no hay por dónde cogerlo y de que mi tocayo socialista ha sufrido una dislexia político-intelectual-afectiva que se trasluce en esa mirada lánguida y muy poco lista que se le ha puesto en estos aciagos últimos días que llevamos de crisis política profunda y de infinito despiste de la totalidad de la antes llamada clase política.

¿Pero me quiere explicar Pedro qué brebaje avernal le ha suministrado Albert para colocarse en esa tesitura reina de la absurdidad que ni en su propio partido entiende nadie? Aquí sí que tiene razón Pablo al negarse a que a la invitación a Pedro tenga que ir Albert pegado a él como una lapa.

Qué curioso que sea precisamente Mariano el único dispuesto a pasar por la hermandad siamesa de los del centro, a sabiendas, supongo, de que tal actitud solamente puede reportarle más duelos y quebrantos, de los otros, de los que ya sufre desde el 20-D. Un día de estos me voy a enfrascar en algún tratado metodológico-didáctico de marianismo crítico de la razón práctica kantiano-kelseniana y les prometo contarles mis conclusiones.

Cualquier esfuerzo en esa dirección me parece justificado con tal de no permanecer impasible ante el riesgo de un definitivo deterioro de la vida pública y política de este santo país.

Un deterioro que será achacable a todos ellos si no lo evitan cortando de cuajo la imbecilidad y la absurdidad dominantes que pueden conducirnos al fracaso como Estado, como nación y como conglomerado de nacionalidades. Venga ya, terminen radicalmente con esta etapa siniestra e impresentable, que además me hace culpable de escribir las cosas que hoy llevo escritas.

Loado sea el Señor y que El nos ilumine a todos para salir del trance con prontitud. Y un saludo al ciudadano Felipe Borbón, quien, después de todo, está demostrando lo que nunca pensé: que ha resultado ser el más sensato de toda la clase política, sobre todo por su sabia decisión de no convocar a los líderes hasta que no hayan salido de su averno.

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