Laureano Benítez Grande-Caballero

Las arrobas de la amazonomaquia

El «programa del cambio» llega también a los semáforos: luz roja para el machismo en España

Las arrobas de la amazonomaquia
Laureano Benitez Grande-Caballero. PD

Pues parece que, por fin, hemos encontrado una manera científica de medir y pesar la incontenible estupidez del pueblo español: con arrobas. No es que sea exactamente un revival de las medidas que había en España-especialmente en el mundo agrícola- hasta finales del siglo XIX, cuando fueron sustituidas por el sistema métrico decimal.

Es tal el arrobamiento que se vive en España para acabar con la violencia del lenguaje machista, que la @ ha infectado como un virus ponzoñoso el idioma castellano, lo único español que nos quedaba ya después de la marejada podemita que está barriendo nuestra historia, nuestra cultura, y nuestras tradiciones. Así que también vienen ahora a por el lenguaje.

Como medida de masa, la arroba equivalía a la cuarta parte del quintal -más o menos 25 libras-, pero su medida era variable según la zona geográfica española. En Castilla, equivalía a 11,5 kgs. Me da a mí que la idea de elegir la @ para ser martillo de machismos viene de que en algunos lugares de España se usaba para medir la masa de los cochinos, animal representativo del hombre en la ideología «Femen».

Lo mejor de todo es que estamos ante una medida polivalente, pues con ella también se puede ponderar el arrobo, es decir, la compulsiva tendencia que tienen nuestros políticos a la cleptomanía.

Estas fanegadas de arrobas que contaminan las palabras de nuestro idioma, sobre el que han caído como una voraz nube tóxica, se las han traído las guerreras del «Femen» de la Amazonia venezolana.

Creadas por la mitología griega, las amazonas eran un legendario pueblo formado íntegramente por mujeres guerreras, que batallaban contra los hombres en furibundas amazonomaquias, aunque siempre eran derrotadas.

El mismo Heródoto las llamó «Andróctonas», es decir, «asesinas de varones». Su reina más famosa fue una tal Hipólita -«la que deja sueltos sus caballos»-, de ahí que se conozca a las jinetas bajo el nombre de «amazonas», y de ahí que ahora los varones estemos a los pies de su «Sexto de Caballería»
Inmersos como estamos en España en una apocalíptica amazonomaquia, podemos decir que lo que empieza en los Pirineos no es África, sino la Amazonia, que en vez de bosques salvajes tiene semáforos feministas, con muñequitos con faldas sustituyendo a los monigotes machofascistas de antaño -los cuales eran todavía peores, ya que incluso llevaban sombreros, lo cual les convertía en tripartito símbolo de señoritos, machistas y pijos, ¡horror!

Es así como ha surgido otra titánica lucha de opuestos en un mundo ya suficientemente torturado por banderías y maniqueísmos: que si Norte contra Sur, derechas contra izquierdas, arribas contra abajos… y ahora mujeres contra hombres.

Ya decía Eduardo Haro, un marxista de los de antes, que el feminismo es el opio del pueblo, una creación de ingeniería social de la derecha para enfrentar a mujeres con hombres, en lugar de trabajadores con burgueses.

Yo, la verdad, echo en falta una femenkabalgata para el Día de la Mujer -sin hombres, por supuesto-, donde podrían pasear a pecho descubierto y a coño insumiso los ejemplares más patanegra del akelarre «Femen»: amazonas, walkirias, súcubos, madresnuestras, vampiras, estrigas, y toda la patulea de brujas corujas. Todo ello presidido, como no podía ser menos, por la reina de las fiestas: «¡Wonder Woman!».

Para este papel no haría falta «casting» alguno: es, por unanimidad, de la Ada Colau, actriz fracasada, amiga de antifaces y trajecitos «tía de la vara».

Y digo yo que cómo es posible que un partido cuya cúpula recibe dineros iraníes – manchados con la sangre de tantas mujeres que sufren la opresión del despótico y machista régimen iraní- pretenda adoctrinarnos en la ideología feminista; que las mismas Femen que protestan en capillas porque no les dejan comerse las almejas y pasean coños insumisos por el corazón trianero de España, apoyen vergonzosamente a titirietarras que violan monjas, las cuales no por el hecho de portar el hábito dejan de ser mujeres; o que apliquen la ley mordaza a la hora de denunciar la matanza de las Misioneras de la Caridad en Yemen; o que consientan las bufonadas machistas de Pablo «Alfa», que se hace el alcahuete graciosillo diciendo que la Andrea Levy se «calienta» con un diputado podemita.

Así que ya sabemos cuál es el «gobierno del cambio»: incapaces -debido a su patética ineptitud y a que todo lo que prometen es mentira populista- de cambiar a mejor los auténticos problemas de los ciudadanos, incurren en continuas boutades, como pretender arreglar la discriminación de la mujer poniéndoles semáforos personalizados, como quien levanta un obelisco en medio de una plaza pública.

Puestos a reivindicar, más pronto que tarde llegarán los animalistas de la PACMA, y exigirán semáforos también para las mascotas, para evitar la odiosa discriminación hacia los animales. Por supuesto, habrá semáforos para perritos, y otros para perritas. Al 50%, faltaría más.

En cuanto al machista Congreso, no estoy de acuerdo con que se elimine «de los diputados», ya que quedaría mucho más «snob» llamarlo «Kongres@ de l@s Diputad@s». Otra opción sería cambiar uno de los leones por una leona.
Todo esto de las arrobas desemboca perversamente en la reivindicación de un lenguaje inclusivo, arrobado, cuyo diccionario, gramática y normas de estilo serán creados por los podemitas, por supuesto, al mando de los cuales estará el gran literato Errejón, quien en su tesis doctoral escribió más de 30 veces la palabra «sobretodo». Chapeau, maestro.

Pero que no cunda el pánico, pues hay un campo en el que las amazonas nunca podrán plantar sus arrobas: ateas como son, jamás pedirán que -en el catolicismo apostólico y romano- las mujeres puedan acceder al sacerdocio, y por eso nunca exigirán una Papisa vaticana.

Ya lo dijo Doris Lessing, un icono del feminismo contemporáneo, ganadora del Nobel a los 88 años: «Lo que necesitan las mujeres es algo muy simple: igualdad de oportunidades, igualdad de pago, licencia por maternidad, y buenas guarderías. Nada más. Cuando eso exista, se terminará el feminismo». O sea que, los semáforos son al feminismo lo que la velocidad al tocino.

Pero su frase más devastadora da a entender que desde el feminismo ha aterrizado en un animalismo también podemita: «No me gustan mucho los hombres ni las mujeres: prefiero a los gatos».

Algo es algo: al menos, los gatos no necesitan semáforos.

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