Antonio Casado

La fumata sigue siendo negra

La fumata sigue siendo negra
Antonio Casado. PD

El voto conjunto de Podemos y PSOE en algunas iniciativas parlamentarias, así como el encuentro del líder socialista, Pedro Sánchez, con el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, agitan las coordenadas de la gobernabilidad, inalterables desde el recuento electoral del 20-N. Valgan esos términos. Agitación, sí. Alteración, no. Al menos de momento. Aunque se hable de manos tendidas y las lenguas están menos afiladas.

Mientras trata de digerir la fulminante destitución de su amigo, Sergio Pascual, número tres de Podemos, Iñigo Errejón constata las coincidencias con el PSOE en el Congreso como una prueba de que el acuerdo es posible. Por su parte, Sánchez se ofrece a restablecer las negociaciones si Podemos quiere sumarse al pacto básico PSOE-Ciudadanos.

E Iglesias espera recuperar el diálogo para un Gobierno «a la valenciana», donde Ciudadanos no cabe. O sea, que la fumata sigue siendo negra, si bien Compromís puede desmarcarse del veto al partido de Rivera. Aún así, la aritmética seguiría siendo hostil al proyecto Sánchez-Rivera.

Al mismo tiempo los nombres de Errejón por un lado y Mónica Oltra por otro aparecen como agoreros de la desvertebración que envenena el sueño del líder de Podemos. La altanería poselectoral está de rebajas en la cúpula del partido. El cese de Sergio Pascual, la posible desconexión de las variantes catalana y gallega y las dimisiones en la organización madrileña, la más fuerte de todas, denotan serios problemas internos. El propio Pablo M. Iglesias los confirma con su llamamiento a la unidad en carta a los militantes admitiendo que «las dimisiones en Madrid se produjeron en el peor momento posible».

Todos los sondeos reflejan un retroceso del movimiento chavista-leninista en el favor de los votantes. Se aleja la esperanza de desbordar a los socialistas en las urnas. Y hasta su socio fundador, Juan Carlos Monedero, denuncia que el partido se ha despegado de las bases y pregona la necesidad de reconstituirse más como organización política que como maquinaria electoral.

En resumen, que los socialistas vayan de la mano con Podemos a la hora de votar en el Congreso contra la reforma laboral, la ley mordaza o la ley Wert puede servir para saciar la voracidad de los contertulios, pero no aporta verosimilitud a la posibilidad de que sea un Gobierno de izquierdas el que evite la repetición de elecciones.

Mucho menos verosímil es un acercamiento de Pedro Sánchez a las tesis del nacionalismo catalán, tras la cita de aquel con Carles Puigdemont.. Era totalmente innecesaria la advertencia de Albert Rivera anunciando una ruptura del pacto con el PSOE si Sánchez aceptaba el referéndum catalán.

Los hipotéticos titubeos de Sánchez hubieran chocado con su propio partido. Conviene recordar que el secretario general trabaja bajo el imperativo enunciado por el Comité Federal del 28 de diciembre, que rechaza tajantemente «la autodeterminación, el separatismo y las consultas que buscan el enfrentamiento».

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