Santiago López Castillo

No tienen un pase

No tienen un pase
Santiago López Castillo. PD

Estoy a favor de los toros vivos y en contra de los toros muertos. Estoy a favor de los toros en la dehesa y en contra de los que utilizan a los animalistas en pro de su defensa furia separatista. Estoy por la vida, en suma. Lo vine exponiendo en mis programas «Parlamento» y «En Verde» de TVE, e incluso vinieron ex profeso desde Barcelona para incluirme en un documental en defensa de los animales.

Y los defensores de la «fiesta nacional», que, como es lógico, entrecomillo, a este tipo de suertes le llaman cultura. En cuanto enchiqueran al morlaco, recibe todo tipo de torturas; desde el pullazo a cargo de un picador con cara de bestia hasta que es muerto y sin puntilla para deleite del respetable. Antaño, los caballos de los varilargueros, al no llevar peto, recibían tales cornadas que los aficionados gritaban ¡más caballos!, para ver las tripas del equino, en un acto misérrimo lleno de mala hostia y sadismo. Y cuando un diestro indultaba a un toro, el gentío abroncaba al torero para que lo matara y lo rematara si fuera preciso. Una lindeza. En este sentido, un gobernador de Guadalajara, Pepe Herrero Arcas, animalista de espíritu y obra, me decía que si se le ocurría prohibir los toros en el pueblo más ínfimo de la provincia, le colgaban de un árbol.

Cierto. A un servidor se le ocurrió escribir un artículo en «ABC» titulado «Carne de toro», o sea, la caldereta, y cuando el fin de semana llegué a mi casa rústica guadalajareña tenía los cables de la luz y del teléfono cortados además de varios cantazos en los cristales de las ventanas. No me basta el bálsamo de los pro taurinos apelando a la intelectualidad literaria y pictórica sobre las corridas de toros. Ni con carteles con Picasso, Zuloaga, Lorca o Cossío se me ablandan mis desprecios hacia los defensores de esta barbarie. Reproduzco un pasaje de Blasco Ibáñez en su obra «Sangre y arena»: «… sus graciosos movimientos (los de los toreros) enardecían a la gente, con un entusiasmo igual al del niño ante un juguete maravilloso». ¡Manda huevos!, que diría el prócer. Y estos aficionados al acoso y derribo, muerte y crucifixión del astado, llevan a los cosos circenses, ríase usted de los romanos, a criaturitas que las empresas de las plazas no les cobran en pro de la afición y la subvención taurina, convendría añadir.

Lo único que recrimino de mi admirado y amigo Cela es la defensa que hizo sobre los toros cuando Bruselas puso en tela de juicio «la fiesta nacional». El Nobel quiso ser, además de literato, torero, no sé si se sabía, y hasta puso de nombre «Salieri» a un gato doméstico cuando encontró su nidito de amor en «El Clavín», zona norte hacia Sacedón, con Marina Castaño. «Salieri», para el escritor, fue un torero alcarreño y no el músico italiano. C. J. Cela, fabulador único, incomparable, tengo a bien indultarle como se indultó al toro de Osborne que está en las crestas de nuestras carreteras sin meterse con nadie. Va por él.

PD.- Con mi mayor desprecio a los independentistas catalanes que, sin embargo, apoyan los «bouls al carrer».

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